Yamada Nagamasa: un samurái en la corte del rey de Siam

En la era de los descubrimientos, los europeos no fueron los únicos que se atrevieron a desafiar a los siete mares en busca de nuevas tierras. A una escala más modesta, los japoneses también se lanzaron a navegar más allá de sus islas, acaso siguiendo el ejemplo de esos extraños visitantes que, con sus naves negras, se empezaban a dejar ver por sus costas desde mediados del s. XVI. Hasta alrededor de 1630, los comerciantes nipones se expandieron por todo el Sudeste asiático y, en algunos de esos lugares, dejaron una huella profunda.

Pero, si hubo alguien que realmente llegó a hacerse un nombre allende los mares, ese fue Yamada Nagamasa. Un aventurero japonés que había huido de su tierra natal en busca de fortuna y acabó convirtiéndose en el brazo derecho del rey de Siam (la actual Tailandia). Comandante en jefe de la guardia real y con una tropa de élite formada por mercenarios samuráis a sus órdenes, era prácticamente el hombre más poderoso del país. Hasta fue capaz de mantener a raya a los temibles galeones europeos, que se lo pensaban dos veces antes de buscar pelea cuando veían ondear los estandartes de Nagamasa. Se dice pronto, pero llegó incluso a darle para el pelo a todo un batallón español, en una época en la que los ejércitos castellanos eran poco menos que invencibles.

Cuando no estaba ganando batallas para la familia real siamesa, Nagamasa ocupaba su tiempo en el comercio de ultramar, gracias al cual amasó una considerable fortuna. Nacido en una humilde familia de mercaderes, llevaba los negocios en la sangre. Hoy en día, su nombre es una leyenda tanto en Tailandia como en su Japón natal. Veamos cómo acabó dando con sus huesos en tierras tan lejanas, y cómo un extranjero de baja cuna se las arregló para codearse con la realeza.

 

Las naves del Sello Rojo

Antes de que el primer galeón portugués asomara por los mares de Asia, las naves niponas llevaban ya siglos merodeando por las costas de China y el Sudeste asiático. A veces como piratas, a veces con pretensiones de comerciar. En realidad, en la mar ambas cosas venían a ser casi lo mismo. Si en tal o cual puerto no se avenían a razones, pues se pasaba al modo bucanero y se arrasaba el lugar. La frontera entre piratería y comercio siempre ha sido más bien difusa. Pero claro, a los mandamases chinos maldita la gracia que les hacía ver sus costas saqueadas cada dos por tres. Sus buenos disgustos les costó esto también a shogunes y emperadores a lo largo de los siglos, que veían cómo sus esfuerzos por estrechar lazos diplomáticos con la corte china se iban siempre a hacer gárgaras por culpa de las tropelías de los wako.

barco sello rojo japon
Los barcos que surcaban el Pacífico bajo el Sello Rojo incorporaban innovaciones técnicas europeas, como las velas latinas

Pero desde finales del s. XVI, probablemente por influencia de los europeos, desde Japón se empiezan a tomar más en serio el comercio oceánico. Si en los años de plomo de la era Sengoku era poco menos que imposible controlar a los wako, conforme fue avanzando la unificación del país Hideyoshi y compañía se las iban a arreglar para atar en corto a estos filibusteros del Pacífico. Había llegado la hora de poner orden y organizar las cosas como Buda manda.

Las autoridades niponas se sacaron de la manga un sistema de patentes, los Sellos Rojos, que otorgaban permiso oficial para comerciar entre Japón y los países vecinos por toda la Mar del Sur. Estas licencias, concedidas por el shogun, eran un buen sistema  para controlar el comercio y limitar la piratería. También funcionaban como una especie de seguro, ya que el shogun se comprometía a perseguir a cualquiera que osara atacar una nave que operase bajo el Sello Rojo. Todas las potencias, europeas o asiáticas, con relaciones comerciales con Japón respetaban y protegían estos barcos. El sistema del Sello Rojo empezó aponerse en práctica hacia 1594, y se haría plenamente operativo con los primeros shogunes Tokugawa. Como consecuencia, el comercio prosperó, y los japoneses empezaron a viajar por más allá de sus islas de manera sistemática y organizada.

 

Samuráis allende los mares

Los japoneses eso de hacer dinero lo llevan en el ADN, así que no tardaron en extenderse por todo el Sudeste asiático como si fueran una especie de fenicios de ojos rasgados, surcando un Mediterráneo algo más grande y tropical. Macao, Manila, Annam, Tonkin… En los puertos más importantes surgieron como setas colonias de mercaderes japoneses que, desde sus factorías, se dedicaban a comerciar con lugareños y europeos al alimón. Mientras hubiera dinero de por medio, todos sabían entenderse. A estos asentamientos se los llamó Nihonmachi, o sea, barrios japoneses.

comercio japones ultramar s. XVII
Principales rutas comerciales japonesas en el s. XVII

Sin duda, la más pujante de estas Nihonmachi estaba en el corazón de Siam (la actual Tailandia): la gran ciudad de Ayutthaya, centro neurálgico del comercio de la zona y uno de los principales puertos del Sudeste asiático. Una metrópolis cosmopolita donde convivían gentes de todos los confines del mundo. Algo tendrá Tailandia que, tanto hace 400 años como ahora, los extranjeros se vuelven locos por ir a vivir allí. Los encantos de la Ayutthaya del s. XVII tal vez eran un poco diferentes a los de ahora, pero en todo caso el lugar era un verdadero crisol de culturas, y la comunidad japonesa local era de las más grandes de toda Asia. En su mejor momento, con Yamada Nagamasa como jefe del cotarro, llegó a contar con cerca de 1.500 almas.

Si bien en teoría la actividad principal era el comercio, en la Nihonmachi de Ayutthaya la mitad de la población eran guerreros. Se ve que el principal activo de exportación del país del sol naciente eran los samuráis, más que la plata o el cobre. En aquellos tiempos, los reinos de Siam, Laos y Birmania estaban en conflicto constante unos con otros. La guerra por aquellos lares se hacía mayormente en taparrabos, a lomos de elefantes y a golpe de machete, y tal vez por eso los mercenarios extranjeros también eran bastante apreciados. Castellanos, portugueses, holandeses… Todos llegaron a mancharse las manos, en mayor o menor grado, en los chanchullos de los reyes del lugar. Pero, entre todos ellos, las tropas japonesas eran las más cotizadas, por su (muy merecida) fama de ferocidad. Un cronista holandés de la época nos resume así la opinión general:

“Son gente terrible y sin miedo a nada, corderos en su país pero auténticos demonios cuando salen fuera de él.”

Los japoneses tenían reputación de tipos duros en toda Asia. Gente peligrosa a la que era mejor tener de tu parte. Pero, aunque tratar con ellos era siempre jugar con fuego, podían ser muy útiles si los tenias luchando en tus filas. No en vano se habían estado curtiendo durante prácticamente un siglo entero de continuas guerras civiles en su Japón natal. Eran excelentes soldados, con tácticas y armamento de primer nivel. Además, conforme la era Sengoku iba tocando a su fin, se estaban quedando en paro en su Japón natal. La unificación del imperio les dejaba sin guerras en las que luchar. Sin otra salida, buen número de esos ronin que se habían llevado la peor parte en las guerras feudales se convirtieron en soldados de fortuna, vendiendo sus servicios como mercenarios en tierras lejanas.

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Los mercenarios japoneses eran más bien una tropa irregular, una chusma de ronin y ashigaru mal equipados

Así es como, desde finales del s. XVI, nos encontramos con una población de samuráis en Ayutthaya más que considerable. Aunque, para ser sinceros, tratar de “samuráis” a esta soldadesca no sería demasiado correcto. Más que un ejército propiamente dicho, eran una masa heterogénea donde cada uno era de su padre y de su madre: ronin, desertores ashigaru, piratas, aventureros, oportunistas, algún que otro samurái caído en desgracia… todos juntos y revueltos, casi nunca bien organizados y ni mucho menos debidamente equipados.

Pero, en todo caso, esta especie de ejército de Pancho Villa jugó un papel destacado en las guerras de los reyes de Siam contra sus vecinos birmanos. Hay incluso historias (probablemente algo fantasiosas) sobre samuráis cargando bravamente con sus tropas a lomos de elefantes en medio de la selva. Lo malo es que, por muy efectivos que fueran en combate, estos guerreros japoneses eran una espada de doble filo. Haciendo honor a su fama de gente levantisca y belicosa, a veces la liaban parda sin hacer distinción de amigos ni enemigos. En 1605, pasaron a cuchillo a toda la tripulación de un mercante inglés en Pattani. En 1612, un grupo de 300 mercenarios, bastante cabreados, llegaron a asaltar el palacio real de Ayutthaya para obligar al rey de turno a concederles prebendas a punta de katana. Gente peligrosa, estos samuráis.

elefantes de guerra tailandia
Los antiguos thais merecían ser del mismo Bilbao: ¿quién quiere caballería ligera cuando puedes cargar con elefantes?

Pero no solo de la guerra vivían los japoneses de Ayutthaya. En la Nihonmachi también había un nutrido grupo de comerciantes, que se hacían de oro con el negocio de las pieles de ciervo, principal exportación siamesa. Y no olvidemos a la importante comunidad cristiana, formada por familias de conversos que venían huyendo de las cada vez más frecuentes persecuciones a las que eran sometidos en su Japón natal. Llegó a haber cerca de 400 cristianos japoneses en Ayutthaya. Entre 1580 y 1630, con sus más y sus menos, la comunidad japonesa prosperó a ojos vista. Y fue bajo la tutela de nuestro protagonista, Yamada Nagamasa, cuando alcanzó su máximo esplendor.

 

El viaje de Nagamasa

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Retrato contemporáneo de Yamada Nagamasa, vestido al estilo europeo

Nagamasa vino al mundo hacia 1590 (se desconoce la fecha exacta) en Sunpu, lo que hoy es la prefectura de Shizuoka. Pero, aunque el destino le tenía reservadas grandes gestas militares, no nació en una familia samurái. Era hijo de mercaderes, y con el tiempo también demostraría con creces que llevaba el gen del comercio en sus venas. Tras perder a su padre a una temprana edad, fue acogido en un templo budista, donde recibió una esmerada educación. Pero el joven Nagamasa no estaba hecho para la vida monacal. Por suerte para él, eran tiempos en los que un hombre aún podía aspirar a hacerse un nombre por sí mismo, sin importar la clase social en la que hubiese nacido. Con esfuerzo y algo de suerte, un plebeyo podía convertirse en samurái. Y eso es justo lo que intentó. Con 16 años, entró a servir como mozo porteador en el séquito de Okubo Jiemon, daimyo del castillo de Numazu. No parece gran cosa, pero recordemos que el propio Hideyoshi empezó en un puesto parecido y acabó conquistando Japón entero.

La carrera de Nagamasa, empero, no fue tan fulgurante. Al morir el señor Okubo sin herederos, al shogunato le faltó tiempo para confiscar sus dominios y disolver el clan, con lo que sus vasallos se quedaron en paro. Cuando Nagamasa trató de volver a casa, se encontró con que su madre también había muerto. Estaba solo en el mundo. Tuvo que buscarse la vida, y eso es lo que hizo. Encontró empleo como estibador en el puerto de Sakai, cerca de Osaka, uno de los más concurridos del imperio, y allí fue donde le picó el gusanillo del comercio de ultramar. Probablemente también fue por aquellos días que nuestro hombre, que hasta entonces se había llamado Nizaemon, adoptó el nombre de Yamada Nagamasa.

No se sabe a ciencia cierta cuándo ni cómo llegó, si acaso en un navío japonés o embarcado en algún galeón europeo, pero hacia 1612 ya lo tenemos en tierras siamesas dispuesto a comerse el mundo a bocados. Una vez en Ayutthaya, el líder de la colonia japonesa local, Kiya Kyuzaemon, lo toma bajo su protección. Nagamasa no tardará en aprender el idioma local y a defenderse también con las lenguas europeas. Iba a sacar buen partido de sus estudios, porque en pocos años ya estaba cómodamente instalado en el lucrativo negocio de las pieles de ciervo. La exportación de estas pieles era prácticamente monopolio suyo, para disgusto de los holandeses de la Compañía de las Indias Orientales, a los que había echado del mercado. En relativamente poco tiempo, el amigo Nagamasa montó un emporio comercial de dimensiones más que respetables.

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Ayutthaya, antigua y populosa capital de Siam, está hoy en ruinas

A partir de ahí, todo fue subir en el escalafón. Para 1621 ya era el líder de la comunidad japonesa de Ayutthaya, sucediendo en el puesto a su mentor Kyuzaemon. También empezó a ser reconocido en la corte. Nagamasa era un hombre de negocios, pero también sabía lo que se hacía con una espada en la mano. Lo demostró al presentarse voluntario para luchar en el frente contra una invasión birmana. Los siameses acabaron rechazando a los invasores, y Nagamasa se cobró la cabeza de un general enemigo. El rey Songtham, agradecido, lo recibió en audiencia para concederle un título nobiliario. Sería el primero de muchos.

Nagamasa supo camelarse al rey y, entre otros honores, llegó a nombrarlo consejero personal para asuntos militares. Las buenas relaciones con la corte hicieron que toda la Nihonmachi prosperara. Hasta 1630, el mercader más poderoso e influyente de toda Ayutthaya fue, sin discusión, Yamada Nagamasa. Con tal de estar a buenas con él, sus rivales holandeses se tragaban el orgullo y permitían a los barcos de Nagamasa mercadear hasta por Batavia (actual Jakarta), uno de sus principales enclaves en Asia.

 

Hidalgos vs. Samuráis

En agosto de 1624 se produjo un incidente que pondría a prueba la capacidad bélica de las fuerzas siamesas y sus mercenarios nipones. El enemigo a batir era nada menos que una flotilla de conquistadores españoles con ganas de pelea, el peor enemigo que podías encontrarte en aquel lado del Pacífico. Un buque al mando de un tal Fernando de Silva, pariente cercano del gobernador español de Manila, estaba sembrando el terror por la zona. Como ya hemos dicho, en aquellos tiempos la frontera entre comercio y piratería era bastante difusa, y esta vez los castellanos estaban en modo bucanero por el río Chao Phraya, arrasando con todo lo que encontraban a su paso.

En principio el capitán Silva había partido de Manila con la sana intención de comerciar, pero las cosas se habían torcido. A causa de las tormentas, él y sus 70 soldados acabaron remontando el Chao Phraya en busca de algún sitio en el que reparar su maltrecho galeón. De paso, se agenciaron un par de naves locales, más ligeras y aptas para la navegación fluvial. Para matar el tiempo, se dedicaron al pillaje y asaltaron un barco holandés que pasaba por allí, el Seelandt. Al enterarse las autoridades siamesas del incidente, ordenaron a Silva devolver los bienes robados, a lo que el hidalgo se negó en redondo, con chulería y muy malos modos. Como de costumbre, los españoles haciendo amigos. Ya que no quería obedecer por lo civil, habría que hacerle cambiar de opinión por lo militar. Dicho y hecho: el rey Songtham organizó una expedición de castigo y puso al mando a Yamada Nagamasa, con sus fieles samuráis en vanguardia.

tercio español
Las tropas expedicionarias de Fernando de Silva en Siam no eran precisamente un tercio al uso como este del cuadro, pero tampoco eran moco de pavo

No quedaba sino batirse. Las crónicas de la época (tal vez algo exageradas) describen cómo Yamada Nagamasa y sus hombres se emplearon con gran bravura, poniendo en práctica innovadoras tácticas para asaltar las naves enemigas. Por desgracia no nos dan más detalles, pero debieron ser bastante efectivas para poder superar a la temible artillería castellana. Una verdadera proeza en aquellos tiempos. Nagamasa y su contingente mixto de tropas tailandesas y japonesas infringieron a los españoles una sonora derrota. La mayoría de los castellanos acabaron muertos, empezando por el aguerrido capitán Silva, y las mercancías robadas pasaron a engrosar las arcas del rey Songtham. El incidente traería cola. Diplomáticamente hablando, los españoles en tierras siamesas iban a caminar en terreno resbaladizo durante unos cuantos años.

Es cierto que Fernando de Silva no contaba con su galeón a pleno rendimiento. También estaba en inferioridad numérica y, a tantos miles de kilómetros de casa, el factor campo jugaba en su contra. Mas, por otro lado, eso no dejaba de ser el pan de cada día para los aventureros europeos que merodeaban por la Mar del Sur. Sobre el papel, seguían siendo muy superiores en tecnología y armamento; sus cañones solían bastar para desbaratar cualquier fuerza que se les opusiera. Silva y los suyos estaban más que acostumbrados a luchar en esas condiciones. Pero aquel día, con el bravo Nagamasa encontraron la horma de su zapato. Quedaba demostrado que, en sus tiras y aflojas contra las gentes de Asia, los soldados castellanos no eran invencibles.

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En los mares de Asia, los hidalgos castellanos encontraron más de una vez la horma de su zapato

De cualquier forma, dar para el pelo a un batallón de españoles no era moco de pavo en aquellos tiempos. A principios del s. XVII, las tropas castellanas eran el ejército mas potente del mundo, por tierra y por mar, como gustan de recordar Carlos Canales y Miguel del Rey en sus libros. Esta victoria elevó el ya hinchado prestigio de Nagamasa por las nubes.

 

El ocaso de la Nihonmachi

En 1628, el rey Songtham promocionó una vez más a Nagamasa, concediéndole el título de Opra. Estaba en la cima de su carrera. Tenía una guardia de 800 samuráis bajo su mando directo, era uno de los principales generales del reino, controlaba buena parte del comercio de Ayutthaya y tenía a la corte prácticamente comiendo de su mano. No estaba mal para un estibador de puerto que había venido a Siam con lo puesto, en busca de fortuna, apenas 20 años antes.

yamada nagamasa estatua
Estatua de Yamada Nagamasa, ataviado al estilo siamés, en la actual Ayutthaya

No sería de linaje samurái, pero desde luego se conducía de manera más honorable que cualquier bushi de pura cepa. Todas fuentes coinciden: siempre fue leal a su señor, el rey Songtham. Un vasallo ejemplar. Pero, a la muerte del rey, su gran valedor, las cosas empezaron a torcerse. La sucesión de Songtham trajo cola. Su hijo y heredero era apenas un niño, y la lucha por el trono estaba servida. Nagamasa, que era uno de los hombres fuertes del consejo de regencia, apoyaba firmemente al hijo de su señor. Pero sus enemigos en la corte eran muchos y muy poderosos, y pronto encontraron la ocasión de quitárselo de en medio.

En 1630, estalló (muy oportunamente) una revuelta en la lejana provincia de Ligor. Naturalmente, no hace falta decir a quién se le encargó la tarea de acudir a sofocarla. Nadie mejor que el paladín del fallecido rey, el gran general Nagamasa, para acabar con los rebeldes. Al frente de una fuerza combinada de 300 japoneses y unos 4.000 tailandeses, con elefantes y todo, marchó al frente para acabar con el levantamiento, cosa que consiguió con su eficacia habitual. En cuestión de meses ya no quedaban rebeldes en Ligor. Como pago a sus servicios, lo nombraron gobernador de la recién pacificada provincia. Así, de paso, lo mantenían alejado de Ayutthaya, para que los intrigantes cortesanos pudieran seguir con sus tejemanejes tranquilamente. Apenas tuvo tiempo de disfrutar del nuevo cargo porque, al poco de ser investido, Yamada Nagamasa murió en extrañas circunstancias. Muy probablemente, envenenado por alguien al servicio de esos mismos cortesanos que le habían elevado al rango de gobernador.

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Nagamasa parte al frente con sus tropas, contingentes mixtos de soldados siameses con mercenarios samuráis

Con Nagamasa muerto, los enemigos del difunto rey Songthram no tuvieron ya obstáculo ninguno para hacerse con el poder, y de paso aprovecharon para borrar del mapa la colonia japonesa de Ayutthaya. Le pegaron fuego a la Nihonmachi y pasaron a cuchillo a todo el que pillaron. No fuera a ser que a alguno se le ocurriese poner en práctica esa costumbre tan japonesa de la venganza. Los escasos supervivientes huyeron a la vecina Camboya, guiados por Oin, el hijo de Nagamasa. Otros se las apañaron para volver a Japón, justo antes de que el tercer shogun Tokugawa, Iemitsu, terminara de cerrar a cal y canto el país.  En cuanto se enteró del incidente, al xenófobo Iemitsu le faltó tiempo para cortar relaciones con el reino de Siam para siempre jamás.

 

El legado de Nagamasa

Después del desastre de 1630 hubo algunos intentos, más bien infructuosos, por restablecer lazos diplomáticos y reconstruir la Nihonmachi de Ayutthaya. Pero los shogunes Tokugawa no estaban por la labor. Ya nada sería igual. Las relaciones entre Siam y Japón quedaron en suspenso, y ambos países no volverían a mirarse a la cara hasta prácticamente la Segunda Guerra Mundial.

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En el s. XX Nagamasa ha protagonizado multitud de libros y novelas, con mayor o menor grado de rigor histórico

Fue precisamente en estos años, en las décadas de 1930 y 40, que la figura de Yamada Nagamasa experimentó un curioso revival en Japón. La propaganda de guerra lo convirtió en un héroe popular, precursor de las conquistas del ejército imperial en tierras asiáticas. Se le dedicaban canciones patrióticas, los libros de texto hablaban de él como un samurái ejemplar, e incluso protagonizó novelas y cuentos para niños. Parte de las hazañas que hoy se atribuyen a Nagamasa vienen de esta época, por lo que hay que cogerlas, como dirían los ingleses, con un grano de sal bastante gordo. El sesgo con el que narran todas estas historias es más que evidente.

Casi peor es lo que han hecho los tailandeses. Yamada Nagamasa es un personaje más o menos recurrente en sus seriales y películas de época, pero el rigor histórico de estas producciones suele brillar por su ausencia. Tampoco pretenden engañar a nadie; son películas disfrutables y llenas de acción, tan fáciles de ver como de olvidar, donde lo que cuenta es ensalzar el (teóricamente) glorioso pasado de Tailandia y las (supuestas) gestas de los padres de la patria. Lo demás importa poco. Mención aparte merece la infumable Yamada: Samurai of Ayotthaya, un simulacro de biopic sobre los primeros tiempos de Nagamasa en Siam, donde todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Solo se salvan las coreografías a golpe de muay thai.

Pero, de algún modo, con más o menos fidelidad histórica, todo esto ha servido para mantener viva la memoria de Nagamasa. No faltan los monumentos y estatuas que recuerdan su figura tanto en Tailandia como en Japón. En el vídeo de arriba podemos ver cómo se conserva en la actualidad lo que era el antiguo recinto de la Nihonmachi de Ayutthaya.

A Yamada Nagamasa se le tiene cariño, y la verdad es que se lo merece. Tanto hoy como hace 400 años, es un tipo que cae simpático. Un aventurero que, a base de esfuerzo y trabajo bien hecho, logró llegar a cimas que jamás habría soñado en su tierra natal. Supo llevarse bien con japoneses, siameses y europeos, y combinó a la perfección lo mejor de todas las culturas. Si de algo fue precursor, fue más bien del entendimiento entre Japón y sus vecinos asiáticos. Con los preocupantes vientos que soplan en el país del sol naciente, tal vez hoy su figura esté más de actualidad de lo que podríamos sospechar.

Fuentes e imágenes:

  • Canales, C. y Del Rey, M.; (2015); Naves Negras; Madrid; Edaf
  • Polenghi, C. (2009); Samurai of Ayutthaya: Yamada Nagamasa, Japanese warrior and merchant in early seventeenth-century Siam; White Lotus Press
  • Rodao, F. (1997); Españoles en Siam (1540-1939); CSIC
  • Watanabe, H. y Takekoshi, Y. (1940); The Story of the Wako: Japanese Pioneers in the Southern Regions; Kenkyusha
  • samurai-archives.com

 

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3 comentarios sobre “Yamada Nagamasa: un samurái en la corte del rey de Siam

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