Maeda Keiji, un samurái diferente

¿Quién ha sido el samurái más popular de todos los tiempos? Difícil pregunta, ya que la fama no es un asunto sencillo de definir. Candidatos no faltan. La Historia de Japón está llena de grandes nombres que han quedado para la posteridad, y que hoy día son recordados con cariño por el gran público en su tierra natal y fuera de ella. Pero hay también toda una serie de personajes en segunda fila que, tal vez sin ser tan conocidos, han quedado grabados a fuego en el imaginario colectivo del pueblo nipón. Al preguntarle a un japonés del s. XXI por su samurái predilecto, entre los Oda Nobunaga, Minamoto Yoshitsune y Miyamoto Musashi de turno, siempre se acaba colando alguien que, sin ser excesivamente conocido fuera de su país, es extremadamente popular en Japón. Hablamos de Maeda Keiji.

A los forofos del manga y los videojuegos probablemente les suene este nombre, pues el bueno de Keiji es una cara habitual en las sagas de juegos de tortazos de Koei como Sengoku Musou y sus miles de derivados. El tipo no se pierde ninguna entrega, no hay juego de samuráis que se precie que no cuente con él entre sus personajes jugables. Pero a los aficionados occidentales a la Historia japonesa es posible que no les resulte tan familiar. ¿Quién es ese tal Maeda Keiji a quien los japoneses tienen en tan alta estima?

 

La leyenda de Maeda Keiji  

Empecemos por el nombre que, para no variar, es fuente de confusiones cuando hablamos de samuráis del s. XVI. En los documentos históricos, nuestro hombre es conocido habitualmente como Maeda Toshimasu, pero también aparece como Toshitaka, Keiji, Keijiro, y unas cuantas variantes más. Eso sin contar los muchos alias que utilizó en su etapa de vida bohemia en Kyoto, o el nombre artístico que empleaba en su carrera como poeta. Para no volvernos locos, aquí optaremos por llamarlo Maeda Keiji, que es como se lo conoce más popularmente.

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Portada del manga Hana no Keiji, del dibujante Tetsuo Hara, al que el personaje debe buena parte de su tremenda popularidad en su Japón natal

El nombre no es lo único envuelto en el misterio que hay en torno a este samurái. Lo cierto es que las fuentes de la época no han dejado excesiva información fiable sobre su persona, y la poca que hay es contradictoria y más bien difusa. Por no saber, no sabemos con certeza ni cuándo nació, ni cuándo murió, ni siquiera quiénes fueron sus padres. Y, claro, como suele ocurrir, allí donde no alcanza la Historia llega la leyenda. Una leyenda que, en este caso, nos pinta a un personaje más grande que la vida misma.

Podría pensarse que, teniendo una presencia tan fugaz en las crónicas, Maeda Keiji fue un hombre más bien insignificante, uno de tantos samuráis anónimos de la era Sengoku. Es cierto que, en el gran esquema de las cosas, no fue lo que se dice alguien de importancia histórica capital, pero de él se cuentan mil anécdotas que nos pintan a un tipo de lo más colorido e interesante. Alguien a quien merece la pena conocer.

Se dice que era un bigardo alto y fornido, de casi dos metros de altura, y su sola presencia bastaba para intimidar al más pintado. Se cuenta también que blandía una lanza enorme y cabalgaba a lomos de un caballo de proporciones igualmente gigantescas -recordemos que en el Japón feudal los caballos eran más bien pequeños-, el único que podía cargar con un hombretón como él. Juntos sembraban el terror por los campos de batalla de la era Sengoku. Amante de las fiestas y el jolgorio, Keiji también era aficionado a la camorra y, como un Obelix del Japón feudal, no desaprovechaba la ocasión de meterse en cuanta pelea se le ponía por delante. Todo un personaje.

En realidad no hay constancia de que el Keiji histórico fuese tan alto -la única armadura que se conserva de él tiene una talla más o menos normal para un samurái de la época-, y las historias sobre su caballo, el célebre Matsukaze, parecen también muy exageradas. Pero todo lo que rodea a Keiji es así, excesivo y abracadabrante.

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Maeda Keiji es un habitual de los videojuegos de batallitas; aquí tenemos su encarnación en la saga Sengoku Basara, de Capcom

Podría llenarse un libro entero con las historias que se le atribuyen, algunas tal vez con base real y otras muchas seguramente apócrifas. De hecho, en su Japón natal hay montones de mangas y novelas que lo tienen como protagonista. Pero lo que parece claro es que el bueno de Keiji no dejó indeferentes a sus contemporáneos. Y su encanto también ha cautivado a los japoneses del s. XX y XXI, que han recuperado al personaje y lo han convertido en una especie de superhéroe samurái.

Parte de su fama actual le viene de un famoso manga de los años 80, Hana no Keiji, obra del mismo autor del ultraviolento El Puño de la Estrella del Norte y basado -muy libremente- en la novela Ichimuan Furyuki. Hana no Keiji (que vendría a traducirse más o menos por “Keiji el de las Flores”, curioso título para una historia así) fue una serie bastante popular en su momento en Japón, y ayudó a fijar en el imaginario popular la imagen de Maeda Keiji como un samurái guasón y pendenciero, pero de buen corazón. Un tipo que cae simpático, con quien cualquiera querría irse a tomar unas copas.

Socarrón y excéntrico por naturaleza, el bueno de Keiji tenía un sentido del humor que no siempre resultaba del gusto de sus contemporáneos. Si hacemos caso de los rumores, parece que se trataba de un tipo con mucho arte. Era capaz de presentarse en una audiencia ante el mismísino Toyotomi Hideyoshi , el señor absoluto de Japón, con una careta de mono en la cabeza y haciendo bailecitos cómicos. Tambien le gastaba bromas pesadas a su tío -y líder del clan Maeda-, como enfriarle el agua de la bañera sin que se diera cuenta. O le daba por liarse a puñetazos con el abad de un templo para dirimir quién era el ganador de una partida de go.

 

Los kabukimono: samuráis que desafían las normas

Porque si el nombre de Maeda Keiji ha quedado para la Historia es más por sus modales extravagantes y sus salidas de tono que por sus hazañas en el campo de batalla, aunque de estas también tuvo unas cuantas. Era un tipo que no se ajustaba a los cánones sociales de su época. Su modo de vestir, de hablar, de comportarse… no era como el de los demás samuráis. Keiji era lo que históricamente se ha dado en llamar un kabukimono.

Los kabukimono eran una especie de tribu urbana del Japón feudal, integrada eminentemente por samuráis jóvenes de baja cuna, ronin y gente en los márgenes de la sociedad. Los kabukimono surgen a finales del s. XVI, con una fuerte influencia estética y espiritual del teatro kabuki, que por aquel entonces empezaba a dar sus primeros pasos en la región de Kyoto y Osaka. Se trataba de jóvenes descarados y contestatarios, con una visión nihilista de la vida y un enorme gusto por la provocación.

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Joven samurái kabukimono, con su aspecto extravagante y la característica pose echada hacia un lado, recostado sobre su espada

La palabra kabukimono tiene orígenes oscuros, y podría querer decir algo así como “el que se inclina hacia el lado que no toca”, o sea, que se desvía del camino normal que sigue el resto de la gente. También podría aludir al hecho de querer epatar al mundo con lo bizarro de sus vestidos y ademanes. Porque nada le gustaba más a los kabukimono que dejar a sus biempensantes paisanos con la boca abierta.

Vestían de manera procaz, a menudo con kimonos de mujer. Les gustaban los atuendos coloridos, cuanto más llamativos mejor, y para rematar solían usar también prendas de origen occidental, que eran el colmo del exotismo en el Japón de la época: capas, sombreros con plumas, botas de cuero… Llevaban largas guedejas, arregladas de manera estrambótica y a veces incluso recogidas al modo femenino. Y portaban espadas de tamaños imposibles, con guardamanos igualmente extravagantes, que utilizaban tanto para batirse en duelos en cualquier esquina como para inclinarse sobre ellas al caminar.

Adictos a la danza, el vino y las fiestas, tampoco era raro que se organizasen en bandas callejeras y se dedicaran a montar gresca por las ciudades de principios de la era Edo. Los kabukimono tenían cierta aura de malditismo y depravación, y se enorgullecían de ello. Pendencieros y arrogantes, su desdén por la sociedad establecida era patente en todas sus acciones. Su máxima aspiración era vivir intensamente y dejar un cadáver, si no bello, al menos lo más joven posible. “¡25 años es una vida demasiado larga!“, llevaba uno de ellos inscrito en el filo de su espada.

La estética kabukimono hizo furor en el Japón de finales del s. XVI. Y no solo eran jóvenes descastados los que se apuntaban a la nueva moda. También hubo samuráis de familias bien que podían calificarse como auténticos kabukimono. Incluso algunos grandes señores formaron parte de esta tribu de extravagantes. Sin ir más lejos, el mismísimo Oda Nobunaga era una especie de kabukimono en sus años mozos, cuando se paseaba por la calle en su Owari natal con unos zajones de piel de tigre y una coleta engominada en forma de brocha de afeitar. Maeda Toshiie, uno de los grandes generales de Nobunaga y tío a la sazón de nuestro Maeda Keiji, también tenía maneras de kabukimono.

Pero, entre todos esos samuráis con pintas estrafalarias, melenas desastradas y grandes espadones, había uno que brillaba con luz propia. La estrella absoluta del firmamento bizarro del Japón feudal. El kabukimono mayor del reino: Maeda Keiji. Solo él podía presumir de tener licencia oficial para ejercer de kabukimono, recibida de boca del mismísimo Toyotomi Hideyoshi en persona.

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El estilo de vestir de los kabukimono bebía directamente del incipiente teatro kabuki de principios del s. XVII

Y es que, en una de las muchas anécdotas que circulan sobre Keiji, se cuenta que fue llamado en audiencia al castillo de Fushimi, la sede por aquel entonces del gobierno de Toyotomi Hideyoshi, que acaba de unificar Japón y era, sin duda, el hombre más poderoso del imperio. Al llegar a palacio Keiji no se cortó un pelo en bailar y hacer monerías frente a Hideyoshi y el resto de daimyo del país, y para colmo, al ser interpelado acerca de sus chocantes maneras, contestó con una guasa de las suyas. A Hideyoshi le hizo gracia la ocurrencia y, viendo que Keiji en el fondo era un buen tipo, le dio permiso para seguir ejerciendo de kabukimono por la vida. Y, por lo que sabemos, Keiji se debió de tomar muy a pecho esta sanción oficial, porque no paró de epatar y abracadabrar a las gentes allá por donde iba.

 

El Maeda Keiji histórico

Después de tanta leyenda, toca tratar de separar el grano de la paja y descubrir al hombre que hay detrás. Aunque no es tarea fácil. Ya hemos dicho que no está claro cuándo nació Maeda Keiji, aunque la teoría más plausible es que lo hiciera en 1533. Tampoco se sabe a ciencia cierta cuándo murió, pero al parecer pudo haber sido en 1605, o tal vez algo más tarde, hacia 1612. En cualquier caso, Keiji vivió en plena era Sengoku, y su vida fue como la de otros tantos samuráis de este turbulento período de la Historia japonesa: una sangrienta sucesión de conflictos y batallas.

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Grabado ukiyoe que trata de reflejar al Maeda Keiji histórico

Vino al mundo en Arako, en la provincia de Owari (actual Nagoya), las tierras ancestrales del clan Oda. Se desconoce quiénes fueron sus padres, solo sabemos que nació en el seno de la familia Takigawa (vasallos de los Oda) y que pronto fue adoptado por el entonces cabeza del clan Maeda, Toshihisa, con el propósito de que le sucediese en la jefatura de la casa Maeda a su debido tiempo. Toshihisa no tenía hijos propios, así que necesitaba un heredero; un arreglo de lo más habitual entre las familias samurái de la época. Tanto los Takigawa como los Maeda eran vasallos de alto rango del clan Oda, así que en el fondo todo quedaba en casa.

Los samuráis del clan Maeda, bajo la égida del joven señor de los Oda, Nobunaga, estaban llamados a tener un papel protagonista en las guerras por la unificación del imperio. Pero el destino de Keiji no sería convertirse en el líder de su clan. En 1567, el propio Nobunaga ordena que sea Maeda Toshiie, hermano pequeño del padre adoptivo de Keiji, quien asuma la cabeza del clan Maeda. Toshiie se había hecho un nombre por sí mismo en el campo de batalla, y era una estrella en ascenso dentro de los generales del clan. Comandante de la guardia personal de Nobunaga, los Akahoro-shu, no es de extrañar que el señor de los Oda quisiera recompensar a uno de sus vasallos predilectos invistiéndolo como cabeza de su clan, por delante de su hermano mayor. Posiblemente a raíz de este cambio de estatus, en el que Keiji perdió todos sus derechos sucesorios, tío y sobrino no terminaron de llevarse bien jamás.

Keiji combatió la mayor parte de su vida en las filas del clan Maeda, a las órdenes de su tío Toshiie. Aparece por primera vez mencionado en las crónicas de guerra en 1580, en una de las campañas de Nobunaga contra el templo-fortaleza de Ishiyama Honganji, donde al parecer logró recuperar un estandarte capturado por el enemigo. Después lo vemos en las campañas de Nobunaga contra los Ikko Ikki, donde peleó como un samurái Maeda más.

A la muerte de Nobunaga, el clan Maeda se vio envuelto en las guerras de sucesión, y nuestro Keiji vuelve a brillar con luz propia en el campo de batalla. En la campaña de Komaki Nagakute se las arregló para tomar el castillo de Ao y retenerlo con apenas 500 hombres ante los ataques de las fuerzas de Sassa Narimasa, que le cuadruplicaban en número. Al parecer, fue en este momento cuando empezaron a hacerse más patentes las desavenencias entre tío y sobrino. El carácter díscolo y gamberro de Keiji nunca fue del agrado de Toshiie, que también era un tipo de armas tomar.

En algunos sitios puede leerse que Keiji fue excluido por Toyotomi Hideyoshi de la invasión de Kyushu debido a su tormentoso comportamiento, pero en las fuentes japonesas no hay constancia de ello. En cambio, sabemos que sí participó en el sitio de Odawara -la última gran campaña de Hideyoshi– en 1590, de nuevo bajo el mando de de su tío Toshiie.

En 1587 muere su padre adoptivo y Keiji hereda sus modestos dominios. Triste recompensa para quien había entrado en el clan Maeda con el objetivo de ser el líder de la familia. Pero el jefe del clan seguía siendo Toshiie, con lo cual Keiji no tenía más remedio que tragar bilis y seguir luchando bajo sus estandartes. Hasta que un buen día se hartó definitivamente de su tío y de los Maeda y decidió largarse con viento fresco. Abandonó el clan, dejó a su mujer y a sus hijos y se marchó a Kyoto a disfrutar de la animada vida cultural de la capital.

maeda keiji armadura
Armadura que, se dice, perteneció a Maeda Keiji

Convertido en ronin, habiendo renunciado a su estatus y sus títulos en el clan Maeda, Keiji pasó una temporada en compañía de poetas y artistas. Keiji, hombre amante las artes y la cultura, siempre tuvo una merecida fama de dandy, y en Kyoto se dedicó a cultivar sus aficiones más mundanas. Poeta y literato de cierta talla, pronto se convirtió en un habitual de los salones de moda y de las fiestas de la gente bien. Lejos de la imagen de bruto pendenciero que a menudo se tiene de él, Maeda Keiji era un tipo culto y refinado, todo un caballero del Japón de finales del s. XVI.

Así pasaba sus días -y sus noches- lejos del clan Maeda, abandonado a la dolce vita, disfrutando de buen vino y mejores compañías. Pero ni todos los placeres de Kyoto bastaron para hacerle perder al bueno de Keiji su gusto por el combate. Cuenta la leyenda que en alguna de esas fiestas bajo los cerezos a la luz de la luna trabó amistad con Naoe Kanetsugu, el consejero mayor del clan Uesugi, y gracias a las buenas artes de este pasó a formar parte del poderoso ejército de los Uesugi. El ronin volvía a ser de nuevo un samurái de pleno derecho. Será bajo los estandartes de los Uesugi cuando Keiji logrará las gestas marciales que han quedado para la posteridad. 

 

La Sekigahara del Norte

Llegamos a 1600, el año de la batalla más decisiva de todos los tiempos. A la muerte de Hideyoshi, el recién unificado imperio amenazaba con romperse de nuevo en mil pedazos. El ruido de sables empezó a resonar de manera literal por todos los rincones del país,  y era solo cuestión de tiempo que las tensiones terminaran provocando una nueva guerra civil . Los ejércitos de los Tokugawa y los Toyotomi acabarían chocando en el valle de Sekigahara en otoño de ese mismo año, pero la madre de todas las batallas no fue sino la culminación de una campaña a mayor escala que expandió el conflicto por prácticamente todas las provincias del país del Sol Naciente.

Maeda Keiji, al servicio de los Uesugi, cayó del lado de los Toyotomi, y aunque no estuvo presente en Sekigahara, sí que peleó en una de las contiendas cruciales de la campaña: la batalla por el gran Norte. Irónicamente, habían sido los movimientos del ejército Uesugi los que habían forzado a Tokugawa Ieyasu a mover ficha en las semanas previas a Sekigahara. Sintiendo su retaguardia amenazada por las recién movilizadas huestes del clan Uesugi, el viejo Ieyasu se puso al frente de sus legiones y marchó hacia el Oeste en dirección a Osaka, dejando la defensa del Norte de Japón en manos de sus aliados, los Date y los Mogami.

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Tratándose de Maeda Keiji, es difícil discernir dónde termina el mito y empieza el hombre

Para cuando los Uesugi quisieron salir tras Ieyasu, este ya había puesto muchas millas de por medio, y las mesnadas de Date Masamune y Mogami Yoshiaki les cerraban el paso. No quedaba sino batirse por el control de las regiones norteñas de Japón, mientras en Sekigahara se dirimía el destino del imperio a cara o cruz. Las norteñas tierras de Dewa y Aizu fueron el escenario de combates tan encarnizados como los de la propia batalla de Sekigahara.  La disputa se centró en torno al castillo de Hasedo. En un bando, Date Masamune dejaría su nombre escrito con letras de sangre en las páginas de la Historia japonesa. En el otro, los Uesugi demostrarían una vez más por qué eran uno de los clanes más temidos de toda la era Sengoku.

Tras varias semanas de tiras y aflojas en los que ambos contendientes parecían igualados, pronto llegaron noticias del Oeste que acabaron por romper la estabilidad en el frente. Los Toyotomi -a quienes los Uesugi apoyaban- habían sufrido una derrota monumental en Sekigahara. La causa estaba perdida. Solo quedaba levantar el campamento, volver a casa al cobijo de los muros del castillo y esperar clemencia de Ieyasu, el flamante vencedor y nuevo amo y señor de Japón.

Pero antes había que retirarse lo más ordenadamente posible, y esa no era una tarea precisamente fácil teniendo en frente a los ejércitos de los Date y los Mogami. Date Masamune, uno de los generales más brillantes de la era Sengoku, no iba a dejar escapar a su presa así como así, y menos aún sabiendo que su aliado Ieyasu había arrollado a los Toyotomi en Sekigahara. La retirada de los Uesugi fue tan penosa y sangrienta como la batalla anterior. El fragor de los combates fue tal que los yelmos de algún que otro general volaron por los aires por el impacto de las balas de arcabuz.

Y el encargado de cubrir la retirada de los Uesugi, la tarea más peligrosa -casi suicida- e importante de toda la campaña, no fue otro que nuestro Maeda Keiji. Cuenta la leyenda que en una ocasión Keiji cargó en solitario -otros dicen que al mando de ocho jinetes- contra el grueso de las tropas enemigas y logró desbaratar su formación. Sea o no una exageración inventada a posteriori para ensalzar al personaje, lo cierto es que las crónicas hablan del excelente desempeño de Keiji cubriendo la retirada de sus camaradas. Gracias a él, los Uesugi lograron regresar de una pieza a sus tierras en Yonezawa. A duras penas, pero habían logrado escapar de la boca del tigre.

Después de Sekigahara, Keiji decide retirarse del mundanal ruido y se recluye en un templo en las montañas de Yonezawa. Hay quien dice incluso que llegó a tomar los hábitos, cosa que tampoco sería sorprendente para un samurái de su tiempo. Sea como fuere, Keiji pasó sus últimos años dedicado a la vida contemplativa, lejos de los campos de batalla. Consagrado en cuerpo y alma a sus pasiones artísticas, el fiero guerrero dejó al fin la espada descansando en la vaina y se centró en cultivar la poesía, la escritura y la talla de madera.

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La imagen que ha quedado de Maeda Keiji para la posteridad es la de un tipo simpático y bonachón

Así, en la felicidad de su pacífico retiro, le llegó su hora final en 1605, aunque hay quien dice que llegó a vivir hasta 1612 o incluso 1614. En cualquier caso, lo que es seguro es que se esmeró en disfrutar de la vida y pasárselo bien hasta su último aliento. Porque si de algo sabía Maeda Keiji, un tipo excesivo en todas sus facetas, era de exprimir la vida al máximo. Cuando tocaba pelear, ya fuera en el campo de batalla o a puñetazo limpio en una taberna, lo hacía con la furia de un dios de la guerra. Cuando llegaba la hora de beber y reír, trasegaba sake y gastaba bromas como el que más. Y si había que componer un poema o darle el toque final a una pintura, también sabía cumplir con la maestría de un virtuoso.

Más que sus hazañas bélicas o sus chistes fuera de tono, tal vez sea ese carácter suyo, tan alegre y vitalista, lo que le ha granjeado un lugar de culto en el corazón de sus compatriotas. Maeda Keiji, un samurái bon vivant que demostraba igual destreza con la pluma que con la espada, y que además sabía disfrutar como nadie de las cosas buenas de la vida.

 

Fuentes e imágenes

  • AA. VV. (2009); Maeda Keiji (Rekishi Gunzo Series)
  • Ikegami, E. (2005); Bonds of Civility: Aesthetic Networks and the Political Origins of Japanese Culture
  • samurai-archives.com

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