¿Tercios vs. samuráis? Mito y realidad sobre los combates de Cagayán

Mucho se ha escrito sobre los famosos combates de Cagayán, un choque armado en Filipinas entre, dicen algunos, los tercios españoles y los samuráis del Sol Naciente. El episodio es bien conocido por los nostálgicos de la grandeza hispana de los siglos XVI y XVII, que no paran de reivindicarlo a machamartillo como ejemplo de la bravura y excelencia de las armas ibéricas. Y, de paso, aprovechan para denostar la destreza marcial de los japoneses. Pero la realidad es que hay mucho mito -y aún más desinformación- en torno a este episodio, así que vamos a tratar de poner los puntos sobre las íes y sacar a relucir la verdad histórica que hay detrás de los tan cacareados combates de Cagayán.

Si nos atenemos a los hechos, es cierto que, en verano de 1582, hubo una serie de enfrentamientos entre españoles y japoneses en el norte de Filipinas, que terminaron con victoria española y expulsión -temporal- de los nipones de esas aguas. Hasta ahí la realidad histórica pura y dura. Después, en los últimos años, han corrido ríos de tinta sobre este incidente, magnificándolo y exagerándolo hasta extremos grotescos. Sobre Cagayán se han dicho tantas tonterías que, al final, han acabado por construir un relato chovinista y desproporcionado que apenas guarda relación alguna con la realidad. En estas líneas vamos a tratar de aproximarnos a lo que pudo ocurrir realmente y, lo que es casi más importante, dejar claro lo que no ocurrió jamás.

grupo wako piratas japoneses
Grabado chino del s. XVI que representa a un grupo de piratas wako japoneses; nótese lo ligero que es su equipamiento

 

A vueltas con el pasado

Antes de nada, se hace necesaria una pequeña declaración de principios. Está muy bien recordar las aventuras que nuestros antepasados protagonizaron en siglos pretéritos. Si además hay quien quiere reivindicarlas y celebrarlas, perfecto también. A eso se dedican multitud de libros, podcasts, revistas y blogs, y es un esfuerzo muy loable. Tiene su puntito de justicia histórica poner en valor -y en perspectiva- las andanzas y trabajos de tantos aventureros españoles en los siglos XVI y XVII, que pasearon sus aceros toledanos por medio mundo. Lejos de nuestra intención restarles el menor mérito.

Pero lo que no es de recibo es faltar a la verdad de los hechos para tratar de acomodarlos a la versión de la Historia que más nos conviene. Porque ni los españoles del s. XVI eran máquinas de matar invencibles, ni los pueblos a los que se enfrentaban eran simples bandas de desharrapados sin civilizar. Y si no, que le pregunten al amigo Yamada Nagamasa, que con sus mercenarios samuráis le dio para el pelo a un batallón de aguerridos españoles en Siam. Y es que se han dicho muchas tonterías sobre los combates de Cagayán. Por ejemplo, que suponen la única evidencia histórica de un enfrentamiento entre europeos y samuráis, lo cual es rotundamente falso por varios motivos. Véase, sin ir más lejos, al capitán Pessoa y sus bravos en Nagasaki, o las ya citadas batallas de Yamada Nagamasa.

Aquí nos gusta la Historia, y la Historia consiste precisamente en intentar averiguar qué paso realmente. En analizar los hechos, contrastar las fuentes, y buscar luego la explicación mas plausible. Que, generalmente, suele ser menos épica y espectacular de lo que a muchos les gustaría. Así que, sin meternos en berenjenales revisionistas ni patrioteros, sin agendas políticas de ningún tipo, vamos a intentar poner un poco de orden y separar el trigo de la paja. A ver si logramos saber qué ocurrió en realidad en las lejanas playas de Cagayán en junio de 1582.

piratas japoneses wako cagayan
Grabado del s. XVI que representa a piratas japoneses acosando a una embarcación china.

 

Entonces, ¿qué demonios pasó en Cagayán?

Al despuntar el siglo XVI los japoneses, igual que los chinos y otros pueblos de alrededor, llevaban ya años -siglos, más bien- contrabandeando y comerciando en las Filipinas. Pero la llegada de los españoles iba a cambiar drásticamente el panorama. Si bien todavía no controlaban de manera efectiva todo el territorio filipino, desde la recién fundada Manila los conquistadores castellanos se habían erigido en dueños y señores de las islas, y no iban a permitir ninguna injerencia extranjera. Dejemos que José Eugenio Borao, autor de La colonia de japoneses en Manila en el marco de las relaciones de Filipinas y Japón en los siglos XVI y XVII, nos ponga en situación.

 

 (…) en 1575,  Juan  Pacheco  de  Maldonado  era  más  explícito  al  señalar  que  los  japoneses llegaban cada año a Luzón para intercambiar plata por oro, siendo tres sus principales destinos Cagayan, Lingayen (en Pangasinan) y Manila. Las noticias que llegaron poco después, en 1580 y 1581, señalaban que los japoneses estaban haciendo algún daño a los nativos,  y  ya,  en 1582,  se  habla  claramente  del  pirata  Tayfuzu  (Tay  Fusa)  que  se aprestaba  para  ir  a  Cagayan  con  10  navíos.

O sea, que el origen del conflicto era una flota pirata, aparentemente de origen japonés, que había llegado al norte de la isla de Luzón con intención de establecerse en el lugar. Llama la atención el nombre del capitán pirata, Tay Fusa (aparece transcrito de mil maneras diferentes, pero nos quedaremos con esta), que no suena a japonés ni por asomo. Lo más probable es que fuese un apelativo dado por los chinos -el nombre suena más bien a chino-, o acaso una deformación fonética de su nombre original que después llegó a oídos españoles. En cualquier caso, este capitán, según las fuentes de la época, era un “valiente japón” (sic) que, después de asolar las costas de China, Corea y Camboya, venía a Filipinas con intención de establecerse allí.

Como cabe suponer, a las autoridades españolas en Manila no les hizo ni pizca de gracia que el tal Tay Fusa y sus piratas trataran de asentarse en sus dominios, y en junio de 1582 enviaron al norte de Luzón una expedición de castigo para acabar con la amenaza de los recién llegados. Cuarenta hombres armados y dos naves de guerra, una galera -la Capitana– y un navío ligero -el San Jusepe-, apoyados por cinco embarcaciones menores de apoyo y un contingente de unos cien indígenas filipinos. Al mando iba el capitán Juan Pablo de Carrión, experimentado comandante y avezado lobo de mar, que conocía bien la zona y había navegado (y combatido) en esos mares en innumerables ocasiones.

mapa filipinas cagayan
Mapa de las islas Filipinas, con la provincia de Cagayán al norte.

 

Primeros combates

La flota zarpó de Manila y fue bordeando la isla de Luzón en dirección a la provincia de Cagayán, en el extremo norte, al encuentro del enemigo. En total, la expedición de Carrión tuvo tres choques armados con piratas, pero solo uno de ellos -el final y definitivo- fue con las tropas de Tay Fusa. Los dos primeros envites fueron lances de escasa entidad. El primero, un champán chino al que doblegaron con facilidad gracias al poderío de sus cañones. El segundo, algo más serio, contra un barco supuestamente japonés, pero que no está claro si pertenecía a la flota de Tay Fusa.

La galera Capitana entabló combate en solitario con este segundo barco -un junco, según algunas fuentes- y, en principio, pareció que el poderío de la artillería castellana iba a decantar la balanza una vez más. Pero los japoneses demostraron ser un hueso duro de roer, y resistieron esta primera acometida. Ambas naves se embistieron y llegó la hora del abordaje, con momentos de combate cerrado en cubierta. Al parecer los nipones estaban bien armados; contaban con armas de fuego, para sorpresa de los castellanos. La lucha fue feroz y ambos bandos sufrieron bajas, pero en esas llegó el San Jusepe a socorrer a sus compañeros y, con el fuego de sus cañones, barrieron a los japoneses. No sabemos con certeza el número de piratas que iban a bordo del junco, pero estaba claro que  no podían resistir el empuje de las dos naves españolas. Tuvieron que escapar como pudieron, dejándose un buen reguero de muertos por el camino. Por una vez, la superioridad numérica fue española; dos naves contra una.

 

Choque final con Tay Fusa

La flota de Carrión siguió su camino y, a mediados de junio, llegó a la desembocadura del río Tajo (también llamado río Grande de Cagayán), donde al fin iba a encontrarse con las fuerzas de Tay Fusa. El pirata contaba con entre 600 y 1000 hombres, provistos de 18 champanes. Los piratas habían construido además una serie de fortificaciones en la desembocadura del río, para controlar toda la zona. El capitán Carrión, diestro militar, se las arregló para atraerlos río adentro, fuera de sus posiciones, hacia un terreno más propicio a sus armas.

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Juan Pablo de Carrión, capitán de la expedición española a Cagayán

Los españoles, que contaban con unos cien hombres (la cifra baila según la fuente, como veremos más adelante), improvisaron una serie de fortificaciones tras las que se atrincheraron para esperar el asalto del enemigo. Contaban además con toda la artillería pesada de la galera, que habían desembarcado a tierra. Bien parapetados, recibieron a los piratas con una lluvia de fuego. Los experimentados hombres de Carrión se las arreglaron para rechazar todos los asaltos que les lanzaron los piratas. Con todo, a veces se llegó al cuerpo a cuerpo, y se cuenta que los españoles recurrieron a untar las astas de sus picas con sebo para que los aguerridos nipones no pudieran agarrarlas y quitárselas de las manos.

De nuevo el combate fue terrible. Las numerosas bajas no parecían causar efecto alguno en la moral de los japoneses y, en cada nuevo asalto, atacaban con más furia que en el anterior. Pero la trinchera castellana resistía todos los envites y, al fin, después de varios asaltos infructuosos, los piratas se dieron por vencidos. Tay Fusa trató de negociar algún tipo de acuerdo de paz con Carrión, pero el hidalgo español se mostró inflexible. No habría condiciones; los piratas debían abandonar Luzón de inmediato, o resignarse a pagar el precio de hierro.

 

Secuelas de la batalla

Derrotado, Tay Fusa optó por plegar velas y marchar a costas más acogedoras. No se supo más de él, desde ese momento su nombre desaparece de las páginas de la Historia para siempre. Por su parte, Carrión aprovechó la coyuntura para fundar una ciudad en el lugar; la llamó Nueva Segovia, y con ello pretendía organizar la defensa de la zona para evitar que lo ocurrido con Tay Fusa volviera a repetirse. Algunas fuentes dicen que, en su huida, los japoneses se dejaron tras de sí hermosas espadas y ricas piezas de armadura, lo cual -como veremos más adelante- resulta más que sorprendente tratándose de simples piratas.

Porque eso es lo que eran Tay Fusa y sus hombres: simples piratas. Por lo que cabe deducir de sus tácticas y modus operandi, podemos suponer sin mucho margen de error que se trataba de la típica flota de piratas wako, como otras tantas de su época. O sea, una chusma desorganizada y mal armada que, en métodos de combate y equipamiento, estaba muy lejos de poder compararse a un ejército samurái típico de la época. Pero de todo esto hablaremos más en detalle en otros apartados de este artículo.

Dicho esto, también hay que destacar cómo los soldados de Carrión supieron paliar su desventaja numérica con la habitual solvencia castellana. Los españoles de la época eran tipos muy duros, habituados a combatir en inferioridad tanto en Asia como en América. Un contingente de soldados ibéricos, ya fueran un tercio con todas las de la ley o simplemente una tropa irregular, era el enemigo más duro que te podías encontrar en los campos de batalla del siglo XVI. Negar eso es negar la mayor, y quien pretenda afirmar lo contrario estaría faltando a la verdad. Ahora bien, una vez dejadas las cosas claras y dado al César lo que es del César, vamos a desgranar uno a uno los interrogantes y puntos oscuros que hay en torno a estos tan traídos y llevados combates de Cagayán.

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Barco de guerra japonés del s. XIV-XV, tripulado por samuráis, que nos da una idea de cómo podían ser las naves de los wako

 

¿Quiénes eran los dichosos wo-kou?

En todas las narraciones sobre Cagayán aparece esta dichosa palabra, escrita de mil maneras diferentes: wakou, wokou, wo-kou… Pero nadie parece tener muy claro a qué se refiere en realidad. Wakou -quedémonos de momento con esta transcripción, por escoger una al azar- es el término que los chinos daban a los piratas que asolaban sus costas durante el medievo, hasta los albores del s. XVII. Los coreanos, que también sufrían estos raids, los llamaban de manera parecida, waegu. Todos los nombres se refieren a una misma cosa: piratas que operaban en la zona del mar de China y las costas de extremo Oriente.

El primer registro escrito que tenemos del término wakou data del s. V en la propia China, aunque no se popularizaría su uso hasta entrado el s. XIII. La partícula Wa alude al nombre que los chinos daban a Japón (el país de Wa), ya que generalmente estos ataques piráticos se atribuían a los nipones. Lo cual no era del todo correcto, porque en muchos casos los filibusteros provenían, como veremos, de la propia China o otros rincones del Sudeste Asiático. Pero el estereotipo cuajó, y en el imaginario colectivo quedó la imagen del pirata japonés asolando las costas de Asia.

Esto no quiere decir que los japoneses no practicaran la piratería, ni mucho menos. Como en todos los mares del mundo, en las costas de Japón hubo corsarios y piratas desde tiempo inmemorial. Los japoneses se referían a ellos como kaizoku, que literalmente viene a querer decir “bandidos de mar”. Una de las tareas de los primeros  samuráis fue, precisamente, lidiar con estos piratas.

Los primeros piratas de los que tenemos noticia en Japón, allá por el s. IX, actuaban principalmente en aguas japonesas, sin aventurarse mucho más allá. No es hasta los s. XII-XIII que sus raids empiezan a aumentar en escala y distancia, llegando a las costas de Corea y China meridional. Ahí es cuando los chinos acuñan el término wakou, que los japoneses adaptarán a su idioma como wako.

En nuestro Diccionario Japónico, definimos a los wako de la siguiente manera:

Piratas de origen principalmente japonés (aunque en las tripulaciones se mezclaba gente de todas partes) que asolaron las costas de China desde tiempos medievales hasta bien entrado el s. XVI. La palabra es de origen chino y viene a significar “bandidos del país de Wa”, que es el nombre que se da a Japón en chino clásico. La mayor parte venían de Kyushu y las islas del sur del archipiélago nipón, pero con el tiempo el término pasó a definir a todos los filibusteros que operaban en la zona, con independencia de su país de procedencia. En sus tripulaciones había de todo, como en botica: ronin, mercaderes, contrabandistas, forajidos… Si bien la frontera entre piratería y comercio era más bien difusa en aquella época, las actividades de los wako eran un quebradero de cabeza constante para los chinos, y fuente de no pocos problemas diplomáticos con Japón.

Como definición básica, sirve para hacerse una idea de a qué nos referimos al utilizar el término wako. Esta será la palabra que emplearemos de ahora en adelante para referirnos a Tay Fusa y sus piratas.

raid wako piratas japoneses 2
Grabado chino del s. XVI representando a una flota de wako; nótese lo pedestre de su equipamiento y armas, van prácticamente con taparrabos

 

¿Chinos o japoneses?

Las fuentes hablan de “piratas japoneses” en Cagayán, pero conviene matizar lo que se entiende bajo esta denominación. Los wako eran en realidad grupos bastante heterogéneos de la más diversa procedencia. No podemos afirmar a ciencia cierta si quienes atacaron el norte de Filipinas eran chinos, japoneses, malayos, o, lo más probable, una mezcla de todo.

Para empezar, el término wako en la época se podía aplicar a piratas tanto chinos como japoneses, e incluso de otras nacionalidades. Aunque en general se sobreentiende que hablamos de japoneses al hablar de wako, no hay que dar demasiadas cosas por supuestas. Las tripulaciones piratas solían ser un batiburrillo de aventureros, contrabandistas, soldados de fortuna, forajidos y bandoleros venidos de todos los mares del extremo Oriente. Japoneses, chinos, coreanos, malayos, filipinos, okinawos… Según ciertas fuentes, tampoco era raro encontrarse con algún que otro europeo enrolado en un bajel wako. Y no hay que olvidarse del reino de Ryukyu (actual Okinawa), cuyas islas en aquel tiempo eran un importante nido de piratas, los famosos guores de Lequeo (Ryukyu) que mencionan las fuentes portuguesas. Hoy en día Okinawa es parte de Japón, pero en el s. XVI aún era un estado independiente -si bien vasallo de China-.

Pero tampoco debemos pensar en piratas chinos o japoneses en un sentido, digamos, “nacional”. En Europa, por ejemplo, ingleses, franceses y holandeses depredaban por sistema las naves españolas y portuguesas, pero en extremo Oriente las cosas eran diferentes. Los wako de la época se lanzaban como enjambres de langostas sobre los puertos chinos porque eran los más ricos y apetecibles, no porque existiera ninguna estrategia organizada para ello. Es importante recalcar este punto. El concepto de guerra entre naciones es ajeno a esta cuestión. No se puede plantear la actividad  de los wako como algo dirigido desde el propio Japón para acosar a sus vecinos.

mapa wako piratas japoneses
Mapa de las principales zonas de actuación de los piratas wako en el s. XVI

 

¿Fue Cagayán una batalla entre Japón y España?

A finales del s. XVI España era, seguramente, la nación más poderosa del mundo. Japón, por su parte, era una potencia emergente en Asia. Pero no podemos decir que en junio de 1582 las naciones de España y Japón se enfrentaran en batalla. Sería totalmente erróneo plantear el choque en esos términos. En principio, porque hablar de un estado-nación -en el sentido moderno del concepto- en el caso de Japón es prematuro, y tal vez también lo sea en el caso de España. Lo que ocurrió en Cagayán, ni más ni menos, fue que los conquistadores españoles expulsaron del territorio filipino a una banda de piratas enemigos, que circunstancialmente eran japoneses. O, al menos, suponemos que eran originarios de Japón.

Parece claro que había un componente japonés entre los piratas que combatieron en Cagayán, pero lo que ya está menos claro es su número e importancia. Tal vez solo su capitán, Tay Fusa, fuese japonés. O puede que solo lo fueran los líderes y capitanes del grupo. Tal vez eso bastase para, a ojos de los españoles, considerar a todo el contingente como japonés. Las fuentes son vagas al respecto, aunque es verdad que siempre hablan de piratas japoneses. Nos inclinamos a pensar que las fuerzas de Tay Fusa se componían de un núcleo de japoneses, apoyados por elementos de otras nacionalidades, como era habitual en las tripulaciones wako de la época. ¿Cuántos japoneses había allí realmente? Es imposible saberlo.

Pero el choque de Cagayán no fue un evento único, ni mucho menos. Sabemos también que hubo filibusteros nipones implicados en muchos otros ataques piráticos que sufrieron las Filipinas españolas, empezando por el famoso asalto del pirata chino Limahon a Manila. Así que los combates de Cagayán no son, bajo ningún concepto, un hito único e irrepetible de las armas españolas.  Los hidalgos castellanos se las vieron con piratas nipones en múltiples ocasiones, dentro y fuera de las Filipinas.

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Los galeones castellanos eran armas de tremendo poder destructivo en la época

 

¿Piratas o samuráis?

Ya hemos establecido que había piratas japoneses entre quienes atacaron Cagayán. Ahora bien, estos piratas, ¿eran samuráis? Por definición, un samurái es un guerrero que sirve como vasallo a un señor feudal y recibe un estipendio por ello. En principio, teniendo un empleo y una fuente ingresos fija, ningún samurái necesitaría dedicarse a la piratería. Eso descarta automáticamente la posibilidad de que hubiese samuráis en activo enrolados en las tripulaciones de los wako. Pero, ¿y si se trataba de ronin, samuráis sin señor al que servir? Cuando un samurái se quedaba sin señor -cosa que sucedía a menudo en la turbulenta era Sengoku-, se quedaba virtualmente en paro. Y entonces el bandolerismo podía ser una opción bastante apetecible para asegurarse el sustento.

En el Japón de la época era cosa habitual que un samurái caído en desgracia no encontrara otra salida que alquilar su espada al mejor postor. Y, en plena era de los descubrimientos, eso podía hacerse tanto en tierra como en la mar océana. Las tripulaciones de los wako en los siglos XV y XVI eran casi siempre una mezcla de elementos de muy diversa procedencia. Desde simples cuatreros y forajidos hasta comerciantes con sed de aventura, y también, cómo no, ronin empobrecidos y desesperados sin otro medio para ganarse la vida.

Por tanto, no podemos hablar de samuráis en Cagayán. Como mucho, y en el mejor de los casos, de algunos ronin mezclados con piratas. Pero no nos engañemos; no se puede comparar a un puñado ronin, desertores de de algún campo de batalla perdido de la mano de Buda, con un infante samurái integrado en un ejército regular de la época. Incluso cuando se agrupaban en bandas más o menos organizadas, los ronin y los samuráis en la era Sengoku jugaban en ligas diferentes.

Muchos de estos ronin-piratas tenían, a buen seguro, experiencia de combate. Algunos podían ser incluso, por qué no, diestros guerreros. Pero, en conjunto, si los comparamos con lo que se podía encontrar en los ejércitos del Japón de la época, eran poco más que una chusma de guerreros de bajo rango y escasamente cualificados. En su inmensa mayoría, estos ronin-piratas eran desertores y supervivientes de los bandos derrotados en los conflictos de la era Sengoku. Por tanto, no eran exactamente el mejor exponente de lo que los mejores soldados japoneses de la época sabían hacer. Eran soldados que no habían sabido (o podido) adaptarse al modo moderno de hacer la guerra que se estilaba en los campos de batalla del momento, y habían acabado sucumbiendo ante ejércitos mejor equipados y adiestrados.

Volviendo al caso que nos ocupa, es imposible saber qué porcentaje de antiguos samuráis habría en el contingente que combatió en Cagayán. Lo más factible es suponer que sí hubiese al menos unos cuantos ronin integrando las fuerzas de Tay Fusa, pues no era raro encontrárselos en las tripulaciones de los wako. Las fuentes también hablan de algunos guerreros ataviados con armaduras propias de un samurái, lo que nos hace pensar en ronin. El grueso de la tropa, en cambio, seguramente sería una simple chusma pobremente equipada con armas y piezas de armadura rapiñadas del campo de batalla, sin un adiestramiento militar digno de tal nombre. Así eran las tripulaciones de los wako del s. XVI, y no hay razones para suponer que la de Tay Fusa fuese diferente a las demás.

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Piratas wako; nótese lo heterogéneo de su equipación

 

¿Piratas o corsarios?

Las fuentes españolas hablan indistintamente de corsarios y piratas al referirse a Tay Fusa, aunque la diferencia entre ambos conceptos es importante. Como sabemos, un pirata opera por libre, mientras que un corsario lo hace bajo la protección de un monarca, un estado o -como en el caso de Japón- un señor feudal. Porque, efectivamente, en Japón, como en el resto de mares del mundo, también había corsarios. Y los wako podían dedicarse tanto al corso como a la piratería, digamos, freelance.

No era raro que las bandas de wako operasen como corsarios bajo protección de los daimyo de la zona, compartiendo los beneficios del contrabando con ellos. Otras veces podían actuar como fuerza naval improvisada si el daimyo de turno lo requería, e incluso podían acabar siendo parte de su ejército de manera oficial, convertidos entonces en samuráis de pleno derecho. Algunos señores de la guerra, como el poderoso clan Mori, eran conocidos por azuzar a los wako contra sus enemigos cuando lo consideraban oportuno.

En el Japón de la era Sengoku hubo importantes flotas corsarias, como el célebre clan Kuki, con Kuki Yoshitaka, el gran almirante de Oda Nobunaga, como miembro más destacado. También el clan Murakami se labró un nombre dedicándose al corso y alquilando sus naves al mejor postor. Pero hay un matiz importante. Cuando hacían el corso, los wako estaban vinculados no a la nación japonesa o al gobierno central -que prácticamente no existían en la época-, sino a tal o cual señor feudal. Por tanto, aunque las fuerzas de Cagayán hubiesen sido en realidad una flota corsaria, no puede decirse que actuasen en nombre de Japón. En Europa el corso era piratería de Estado, una manera de hacer la guerra contra otro país; pero en el caso de los wako japoneses no podemos establecer esa analogía tan alegremente. Tampoco tenemos noticia de que Tay Fusa actuase en connivencia con ningún daimyo, por lo tanto cabe suponer que era un pirata freelance, como tantos otros.

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Piratas wako desembarcando de un junco

 

¿Batalla épica o pequeña escaramuza?

Leyendo algunas narraciones del incidente, da la impresión de que lo ocurrido en Cagayán fue un choque de proporciones épicas al estilo de las batallas de Braveheart o Piratas del Caribe. Pero, sin querer restar mérito a quienes pelearon y se dejaron la vida en el envite, nada más lejos de la realidad. Los combates de Cagayán -llamarlos “batalla” parece exagerado- fueron algo más bien insignificante, apenas una serie de escaramuzas.

Si nos fijamos en las cifras, la escala del conflicto se antoja bastante pequeña. Algo más de 100 españoles por un lado (sumando los refuerzos indígenas) y entre 600 y 1000 japoneses en el bando de de Tay Fusa. En los otros dos choques, los castellanos se debieron de enfrentar a contingentes de no más de 200 hombres cada uno. El núcleo duro de las fuerzas castellanas eran unos 40 soldados, que llevaron presumiblemente el peso del combate. La armada de Carrión la componían entre cinco y siete barcos, y los japoneses de Tay Fusa contaban con 18 juncos y champanes.

De todos modos, como sucede a menudo, las cifras bailan. A veces las fuentes mencionan solo 60 soldados españoles, luego elevan el número a cerca de 150 sumándole a los auxiliares filipinos… Es imposible saber los efectivos exactos de ninguno de los dos bandos. La cantidad de bajas tampoco está clara, pero en el caso español hablaríamos de unas pocas decenas de hombres, mientras que en el lado pirata superarían el centenar tanto en el segundo como en el tercer y último combate. En todo caso, como puede verse, nos movemos en guarismos muy pequeños.

Con estos números, difícilmente se puede hablar de una grandiosa batalla o de una victoria para los siglos. Resumiendo, los combates de Cagayán fueron solo una de tantas incursiones piráticas a las que los españoles tuvieron que hacer frente en Filipinas. Ni fue la primera, ni sería la última, ni supuso ningún hito para el futuro de España ni de Japón.

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Recreación moderna de un raid de piratas wako sobre una población costera

 

¿Katanas vs. toledanas?

Mucho se ha hablado acerca de la superioridad del equipamiento del soldado castellano frente al de otras naciones. También han corrido verdaderos ríos de tinta en internet discutiendo sobre si la katana es mejor que otros tipos de espada. Aquí no vamos a entrar en estas cuestiones; no somos amigos de las discusiones bizantinas y tampoco es el tema que nos ocupa. Pero sí que haremos unas cuantas consideraciones al respecto, para aclarar conceptos y entender un poco mejor qué pasó en Cagayán.

Primero de todo, es importante recalcar que los piratas wako no iban, por lo general, equipados como lo iría un infante samurái al uso. Los piratas de la época se equipaban con lo primero que podían arramblar en sus saqueos y pillajes. Al hablar de  ex-samuráis combatiendo en Cagayán a algunos les viene a la mente la idea de un guerrero con armadura completa, bien pertrechado, pero nada más lejos de la realidad. Los piratas wako eran tropas irregulares, mal equipadas, sin apenas armadura en la mayoría de los casos. Muchas veces, al más puro estilo del Sudeste Asiático, combatían protegidos por poco más que un taparrabos y una bandana en la cabeza. Para hacerse una idea de cómo podían ir equipados, se puede echar un ojo a la inmortal película Los siete samuráis de Akira Kurosawa, donde se refleja con bastante realismo el tipo de armaduras y atavíos -más bien zarrapastrosos- que podían llevar los bandidos de la época.

wako piratas japoneses
Típica estampa de un wako del s. XVI; nótese lo heterogénero del equipamiento, compuesto de piezas de armadura tomadas de aquí y de allá.

Tres cuartos de lo mismo puede decirse de las armas. Por lo que dicen las fuentes, es cierto que disponían de katanas y arcabuces, pero a saber cuál sería su procedencia. Normalmente estas armas eran piezas de baja calidad, en dudoso estado de conservación, producto de las rapiñas en el campo de batalla. Nada que ver con la panoplia típica de un soldado samurái profesional, al servicio de un daimyo. Cabe suponer que los piratas de Cagayán responderían al mismo patrón de en cuanto a equipo y armamento.

En cambio, los españoles en Filipinas iban pertrechados como la tropa regular que eran, con armaduras completas, rodelas, etc. En su libro Naves Negras, Carlos Canales y Miguel del Rey hacen hincapié en la superioridad de las armas hispanas frente a las niponas, y en el caso de Cagayán tienen toda la razón. Pero no necesariamente porque la panoplia de un soldado hispano fuese inherentemente mejor que la de un samurái de la época (cosa que en todo caso se podría discutir largo y tendido), sino porque los piratas wako iban, por definicion, bastante mal equipados.

A menudo se cita la carta de Gonzalo Ronquillo de Peñalosa (gobernador de Filipinas) al rey Felipe II para dar ejemplo del tipo de equipos y armamento de los piratas japoneses:

 

Los japoneses son la gente más belicosa que hay por aquí. Traen artillería y mucha arcabucería y piquería. Usan armas defensivas de hierro para el cuerpo. Todo lo cual lo tienen por industria de portugueses, que se lo han mostrado para daño de sus ánimas.

 

Pero hay que poner estas afirmaciones en su debido contexto. Ronquillo está comparando implícitamente a los piratas nipones con los guerreros que ha visto en Filipinas y el resto de islas del Pacífico. Y se sorprende porque, en su caso, suelen ir razonablemente bien pertrechados, en contraste con las armas mas rústicas de otros pueblos de la zona. Si Ronquillo hubiese pisado un campo de batalla en el propio Japón, seguramente se hubiese visto bastante mas impresionado (y alarmado) por los arsenales nipones.

El equipamiento y armamento de un samurái de finales del s.XVI variaba mucho de un clan a otro pero, en el caso de los clanes más poderosos, tenía poco que envidiar al de cualquier soldado de los tercios. En Japón hacía ya tiempo que -en parte por influencia europea, también hay que decirlo- se usaban armaduras y yelmos de metal, con diseños tan robustos y funcionales como los europeos. Lo que sí era un punto débil eran los pies, que en el caso de los infantes japoneses casi nunca iban protegidos, pues se contentaban con calzar simples sandalias de paja trenzada. Por lo demás, el estado del arte de las armaduras y pertrechos nipones estaban más parejos a lo que se veía en Europa de lo que algunos autores quieren admitir.

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Las tácticas y equipamiento de los samuráis de finales del s. XVI tenían poco que envidiar a sus contemporáneos europeos

 

¿Cómo peleaban los samuráis?

Aunque mirados de cerca podemos encontrar sorprendentes similitudes a nivel de tácticas y equipamiento, los ejércitos de la era Sengoku eran, en esencia, muy distintos a lo que se estilaba en Europa. Al no haber en la práctica ninguna autoridad central -el shogun y el emperador mandaban bien poco-, su organización era puramente medieval, o sea, no existía el concepto de ejército nacional. Japón, como país, no tenía ejército. Ni tampoco armada. Tal daimyo de tal provincia tenía sus mesnadas y sus vasallos, que movilizaba para la guerra cuando le convenía. Nada más. Esto siguió siendo así hasta el mismo final de la era de los samuráis, en 1868. Por eso, plantear los combates de Cagayán como un enfrentamiento España vs. Japón es un completo disparate. Japón no mandó ejército ni flota alguna a combatir a Filipinas (aunque en su momento sí llegó a haber tentativas de hacerlo). Que los piratas de Tay Fusa fueran japoneses es meramente circunstancial. Lo mismo podían haber sido chinos o portugueses.

Pero, curiosamente, las tácticas y modos de luchar de los ejércitos samurái de finales del s. XVI eran bastante parecidos a los de los propios tercios. Formaciones cerradas de piqueros con un fuerte componente de arcabuceros, apoyados por tropas auxiliares más móviles. La caballería tenía un rol secundario, y rara vez intervenía en el combate. La infantería era la reina del campo de batalla, armada con largas picas (de hasta 5 ó 6 m de longitud) y muchos, muchos arcabuces lanzando cortinas de fuego cerrado. Suena más bien parecido a lo que se veía en los campos de batalla de la Europa de la época, ¿no?

Algunos autores incluso sugieren que la arcabucería japonesa llegó a ser la más avanzada de su tiempo. Yo no diría tanto, pero sí es verdad que en cuanto a producción, diseño y utilización de arcabuces, los japoneses de finales del s. XVI tenían poco que envidiarle a ninguna potencia europea. Oda Nobunaga utilizó revolucionarias tácticas de fuego en volea ya en 1575. En la batalla de Nagashino, contra el clan Takeda, dispuso varios miles de arcabuceros (el número exacto varía según las fuentes) en tres filas de tiradores perfectamente atrincherados, que se turnaban para disparar y recargar. Cuando la primera fila había hecho sus disparos, se retiraba para recargar y la segunda fila ocupaba su puesto en la vanguardia, y así sucesivamente. Eso les permitía ofrecer una cortina de fuego constante, que no daba respiro al enemigo.

nagashino batalla
En la batalla de Nagashino (1575), el ejército de Oda Nobunaga hizo gala de unas tácticas de arcabucería muy avanzadas para su época.

Hay autores que sostienen que un empleo semejante de las armas de fuego no se vería en Europa hasta varias décadas después, aunque yo personalmente no estoy tan seguro de ese dato. Sea como sea, las tácticas empleadas por los samuráis a finales de la era Sengoku estaban al nivel de los mejores ejércitos europeos del momento. Especialmente en lo que a fusilería y armas de fuego ligeras se refiere. En lo único en lo que estaban visiblemente atrasados era en la artillería pesada. Por diversas razones, los cañones nunca terminaron de cuajar en Japón, y ni su utilización ni su fabricación estuvieron jamás a la altura de lo que se hacía en Europa. Esto confería a las naves negras europeas, fuertemente artilladas, una ventaja significativa en combate. Cuando los españoles iban por el mundo a conquistar, las más de las veces la balanza se decantaba a su favor gracias a su superior cañonería. Y en Cagayán iba a suceder algo parecido.

Pero estamos hablando de samuráis y ashigaru regulares. Es más que dudoso que los piratas de Cagayán -ni el resto de wako de la zona- estuviesen al día de los últimos desarrollos en el arte de la guerra que estaban teniendo lugar en Japón. Por un lado, la mayoría de esos wako ni siquiera eran de origen samurái. Y los que sí lo fuesen, esos ronin que habían tenido que subirse a un barco pirata para conservar el pellejo, llevaban demasiado tiempo lejos de su tierra, vagabundeando por los mares de Asia. Poco podían saber de las modernas tácticas que los ejércitos más punteros estaban desarrollando. Además, los clanes de los que provenían esos ronin eran, precisamente, los derrotados en las guerras civiles de la era Sengoku. Incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos, habían sido derrotados por otros clanes más innovadores, con tácticas y armas superiores. El modo de combatir de los wako era más cercano al de un caballero medieval que al de un soldado moderno de la época.

kawanakajima takeda ejercito
La escala de algunas batallas de la era Sengoku deja pequeña a muchos de los conflictos de la Europa del s. XVI

 

¿Eran la infantería samurái el terror de Asia?

ES posible que los samuráis del s. XVI fuesen la mejor infantería de Asia, pero no es menos cierto que apenas tuvieron ocasión de demostrarlo. Los japoneses en la era Sengoku se pasaron más de un siglo guerreando entre ellos, en interminables conflictos civiles, hasta que Oda Nobunaga y sus sucesores completaron la unificación del país a finales del s. XVI. Por tanto, la experiencia de combate de los samuráis del momento se limitaba, casi exclusivamente, a pelear con otros samuráis en suelo japonés. Para encontrar un ejemplo de samuráis luchando contra ejércitos extranjeros hay que remontarse a las invasiones mongolas del s. XIII, donde por cierto lograron una sonada victoria contra un enemigo muy superior. Pero poco tenían que ver esos samuráis con los del s. XVI.

En realidad, con el libro de Historia en la mano, cuando los samuráis del s. XVI se enfrentaron a un enemigo externo, fracasaron estrepitosamente. El principal (y prácticamente único) ejemplo lo tenemos en el intento de conquista de China -pasando por Corea– de Toyotomi Hideyoshi en la década de 1590. Allí los samuráis demostraron ser excelentes en cuanto a táctica y métodos de combate, pero su estrategia dejó mucho que desear. La brillante actuación de su infantería se vio lastrada por una muy deficiente planificación logística. La flota coreana logró cortar las líneas de suministros y dejar al contingente japonés prácticamente aislado en la península de Corea, obligados a vivir de la tierra conquistada. El General Invierno y las tropas de refuerzo enviadas por la China Ming hicieron el resto.

Pero, pese a la derrota final, las tropas regulares samurái demostraron ser un enemigo terrible en el campo de batalla. No en vano los propios españoles y portugueses gustaban de llevarse consigo contingentes de mercenarios japoneses en sus expediciones por el Sudeste Asiático. Los nipones tenían una merecida fama de soldados curtidos y conocedores del arte de la guerra, gente de la que podía uno fiarse cuando tocaba echar mano de los aceros. Las crónicas nos cuentan que estos mercenarios samuráis -habitualmente bajo mando ibérico, aunque no siempre-  se desempeñaron con gran éxito en las misiones en las que participaron, ya fuese en Siam, Camboya o cualquier otro rincón del Pacífico.

ashigaru samurai sengoku
A finales del s. XVI el arco había cedido su protagonismo al arcabuz en los campos de batalla japoneses, pero aún podían verse unidades de arqueros como tropas auxiliares.

 

¿Qué pasaba en Japón en el s. XVI? 

A finales del s. XVI,  Japón estaba inmerso en uno de los períodos más convulsos de su historia, la llamada era Sengoku. No es la primera vez que hablamos de ella en este blog. Una época de caos y luchas intestinas en la que la autoridad central, ya fuera la del shogun o la del emperador, era virtualmente inexistente. Durante casi un siglo entero los diferentes daimyo lucharon entre sí por el poder, hasta que las campañas de unificación de Oda Nobunaga, Toyotomi Hideyoshi y finalmente Tokugawa Ieyasu lograron poner orden y devolver la estabilidad al país. Esta falta de autoridad (central o provincial) propiciaba la aparición de bandas de forajidos y bandoleros, que aprovechaban la anarquía reinante para campar a sus anchas.

En el mar ocurría exactamente lo mismo, de ahí que este siglo sea la edad de oro de la piratería japonesa. Meterse a pirata era una buena salida para muchos desertores de los ejércitos samurái derrotados. Las incursiones de los wako llegaron a ser tan dañinas, y el débil shogunato Ashikaga podía hacer tan poco por controlarlas, que la China de los Ming, como represalia, cerró sus puertos a cualquier forma de comercio con Japón. Así, los nipones vieron cómo se les cerraba el acceso a las codiciadas sedas y cerámicas chinas, y durante más de un siglo el único modo de hacerse con tan preciadas mercancías pasaba, precisamente, por la piratería. O sea, asaltar los puertos chinos y tomarlas por la fuerza. Hasta que llegaron los europeos con sus naves negras y se adjudicaron el lucrativo papel de intermediarios entre ambos países, una solución que dejaba a todos contentos.

kurofune galeon nanban nagasaki
Los kurofune o barcos negros, los galeones europeos que empezaron a arribar a sus costas en el s. XVI, dejaron una honda impresión en el imaginario colectivo japonés

Conviene recordar aquí la fina línea que separa el comercio de la piratería. En aquellos tiempos, los barcos piratas -fuera cual fuera su bandera- se presentaban a sí mismos como simples mercaderes que, si se les negaba el derecho a comerciar, tiraban de sable y cañonazo para hacer valer ese derecho. Los galeones de los principales potencias europeas no dudaban en hacer lo propio si en un puerto se negaban a recibirles como era debido. A muchos españoles les sorprenderá saber que, en Japón, la imagen que la cultura popular tiene del típico galeón hispano o portugués es la de un vulgar barco pirata. Si para los españoles los piratas siempre han sido holandeses e ingleses, para los japoneses y otros pueblos de extremo Oriente, los piratas hemos sido nosotros. Cuestión de perspectiva. ¿Dónde terminaba el comercio y dónde empezaba la piratería? La línea divisoria era bastante tenue.

En este estado de cosas, las Filipinas españolas eran un enclave perfecto para los intercambios comerciales. A medio camino entre China y Japón, no lejos de Malacca y las islas de la especiería, y en pleno camino hacia las Américas, la colonia española era un punto estratégico de primer orden para todo el comercio en Oriente. No es de extrañar que las islas atrajesen la atención de estos piratas-mercaderes, deseosos de participar del boyante intercambio económico que tenía allí lugar. Y, si de paso podían establecer una base o asegurarse algún puerto, mejor que mejor. Ese era el modus operandi habitual de los wako. Evidentemente, los españoles no necesitaban competidores, y no iban a dejar que nadie más se instalase en Filipinas. Por tanto, cuando las naves de Tay Fusa aparecieron por allí, no fueron precisamente bien recibidas.

En otros lugares de Asia, en cambio, los wako sí que llegaron a instalarse y echar raíces. Ese es el origen de las numerosas Nihonmachi, colonias o barrios japoneses en las principales ciudades o puertos, que surgieron como setas por los principales puertos del Sudeste Asiático: Annam, Siam, Malacca… Con el tiempo, pese a los choques de Cagayán, incluso llegaron a instalarse -pacíficamente- en Manila y formar una próspera comunidad en las Filipinas. Ya hablamos en su día de este fenómeno cuando contamos las aventuras del amigo Yamada Nagamasa en Siam. Entrado ya el siglo XVII, la política aislacionista del shogunato Tokugawa iba a acabar con esta floreciente expansión, y las Nihonmachi acabaron cayendo en el olvido o, en el mejor de los casos, diluyéndose en la población nativa hasta desaparecer.

comercio japones ultramar s. XVII
Principales asentamientos japoneses en ultramar durante los s. XVI y XVII

 

¿Cuánto duró la época de los piratas en Japón?

Cuando el país se unifica, las autoridades centrales (primero Toyotomi Hideyoshi y después los shogunes Tokugawa) ponen coto a la actividad pirática hasta erradicarla por completo. Se dan cuenta de que el comercio de ultramar es una actividad demasiado suculenta como para dejarla en manos de piratas y corsarios, y cambian de rumbo hacia una política de expediciones comerciales con sello oficial del gobierno. Y, como la piratería es -oficialmente- enemiga del comercio, se dedicaron a perseguirla activamente hasta acabar con ella por completo en pocos años.

Emilio Sola lo cuenta muy bien en Historia de un desencuentro: España y Japón, 1580-1614:

 Tokugawa Ieyasu, a petición del gobernador Francisco Tello, en un clima favorable a la ampliación de las relaciones comerciales, mandó ajusticiar a más de cincuenta corsarios (sic) en Nagasaki; el castigo pareció de gran dureza a los mismos españoles, pues alcanzaba a las mujeres e hijos de los culpables, pero pareció solucionar el problema. En 1603 no llegó a Luzón ningún barco de piratas.

Como vemos, los combates de Cagayán no lograron ahuyentar a los wako de Filipinas, puesto que entrado el s. XVII seguían ocurriendo. Solo cuando las autoridades japonesas se ponen serias cesan los ataques definitivamente. Poco después, cuando los descendientes de Ieyasu empiecen a cerrar el país al comercio exterior ya mediado el s. XVII, llegará el fin definitivo de las incursiones japonesas allende los mares, piráticas o no.

barco sello rojo japon
Típico mercante japonés de la época

 

¿Hay algún relato fidedigno de los hechos?

Hasta que no inventen una máquina del tiempo, las fuentes son lo único que tenemos para saber qué ocurrió. Para encontrar información acerca de los combates de Cagayán hay que echar mano, principalmente, de fuentes españolas. Lo cual, para empezar, supone un evidente problema de sesgo. En fuentes japonesas es casi imposible encontrar nada acerca del incidente. Nadie parece saber quién es Tay Fusa en Japón. La razón de esto no es tanto que los japoneses quieran echar tierra sobre un episodio vergonzoso de su pasado sino que, en su momento, lo mas probable es que ni siquiera se enteraran del incidente. La de Cagayán era solo una de tantas escaramuzas que los piratas wako llevaban protagonizando en aguas del Pacífico desde el siglo XIII. No tenía nada que lo distinguiese de los cientos de raids piráticos que tenían lugar cada año en la zona. En el Japón de la era Sengoku, a nadie le importaba lo que les pasara a una banda de piratas al otro lado del océano, y menos aún en un año tan lleno de eventos cataclísmicos para la Historia japonesa como 1582.

Tampoco las fuentes españolas contemporáneas le dan especial importancia al asunto de Cagayán. Lo mencionan, evidentemente, porque los castellanos de la época eran muy amigos de guardar registro completo de todo cuanto acontecía en sus colonias. Además, el choque tuvo relevancia para el desarrollo de la costa norte de la isla de Luzón, pues demostró que era un potencial punto débil que había que fortificar y proteger para evitar futuras invasiones. Resulta lógico que las autoridades españolas quisieran dejar constancia de lo sucedido. No para jactarse de la gesta, sino más bien para que sirviera de advertencia sobre lo que podría ocurrir.

La fiebre por Cagayán es más bien un fenómeno viral del s. XXI. En su seminal libro En Tierra Extraña; Expediciones Militares Españolas, Carlos Canales y Miguel del Rey hacen un relato vibrante de los combates, que se lee casi como una novela de aventuras, y que acaba dejando en bastante mal lugar al bando japonés. Ciertamente, la destreza con las armas y las tácticas de Carrión y sus valientes es de admirar, pero uno se pregunta si no hay algo de exageración en alguno de sus pasajes.

En general el libro es una lectura de lo más recomendable para quien quiera saber lo que ocurrió en Cagayán. Pero, en su afán de ensalzar las armas españolas y el valor de los conquistadores castellanos, los autores caen a veces en el tópico y se dejan llevar por versiones del relato que tienen que ver más con la épica y la mítica que con la realidad. Aun siendo un libro excelente, no deja de ser un ejemplo del sesgo que impregna a veces este tipo de narraciones: aguerridos españolitos, muy buenos en lo suyo, enfrentándose -y derrotando- valientemente a hordas de indígenas subdesarrollados, que son carne de cañón cual persas de la película 300 ante el muro de escudos espartano. Canales y Del Rey simplemente se limitan a elaborar un relato entretenido y colorido, pero los problemas surgen cuando después vienen otros autores menos informados a seguir expandiendo y deformando sin medida esta visión triunfalista.

Historiadores más neutrales, como el clásico C. R. Boxer, hablan simplemente de un choque armado con piratas japoneses en Cagayán, sin darle mayor importancia. El relato que ofrece Ubaldo Iaccarino en la revista Desperta ferro especial #5: Los tercios en Asia es también bastante comedido y veraz. En lo que sí inciden todos los autores es en la fiera resistencia que ofrecieron los nipones, que pareció haber sorprendido a los ibéricos.

tercio español
Lo que ocurrió en Cagayán tuvo poco que ver con la épica que puede apreciarse en este cuadro de los tercios viejos

 

What if…?

¿Quién hubiera ganado si se hubiesen enfrentado un ejército regular de samuráis y un tercio viejo español? Nunca lo sabremos, porque ese enfrentamiento nunca se dio y, además, nunca pudo haberse dado. Cualquier historiador medianamente serio se carcajearía si le pusiéramos ante semejante tesitura. Las variables que entran en juego son innumerables. ¿Qué tercio en concreto? ¿El ejército de qué clan samurái en concreto? ¿En qué terreno? ¿En qué condiciones? ¿Con qué comandantes al mando? Podríamos seguir así hasta aburrirnos.

No nos llamemos a engaño. Para bien o para mal, jamás sabremos que ocurriría si 10,000 samuráis se batiesen el cobre en campo abierto con 10,000 soldados de los tercios. Históricamente, ese combate jamás se produjo. Y, con la lógica en la mano, es prácticamente imposible que lo hubiera podido hacer. Pero eso no quita para que nostálgicos y aficionados a las hazañas bélicas dejen volar su imaginación y fantaseen con lo que podría haber pasado. Todo eso está muy bien, es un ejercicio divertido y hasta sano. Pero tiene poco que ver con la Historia. La Historia es como es y no como queremos que sea.

 

Fuentes e imágenes

  • AA.VV. (1991); The Cambridge History of Japan, Vol. 4
  • AA. VV. (2018); Desperta ferro especial #5: Los tercios en Asia
  • Borao, J. E. (2005); La colonia de japoneses en Manila en el marco de las relaciones de Filipinas y Japón en los siglos XVI y XVII
  • Boxer, C. R. (1951); The Christian Century in Japan, 1549-1650
  • Cabezas, A. (1995); El Siglo Ibérico de Japón
  • Canales, C. y Del Rey, M.; (2015); Naves Negras
  • Canales, C. y Del Rey, M.; (2012); En Tierra Extraña
  • Cooper, M.; (1965); They Came to Japan, An Anthology of European Reports on Japan 1543-1640
  • Lach, D. F. (1994); Asia in the Making of Europe, Volume I: The Century of Discovery
  • Miura, S. (1976); Tōnan Ajia kara mita Nihon
  • Sola, E. (1999); Historia de un desencuentro: España y Japón, 1580-1614
  • Turnbull, S. (2002); Samurai Invasion: Japan’s Korean War 1592 -1598
  • Turnbull, S. (2007); Pirates of the Far East 811 -1639
  • samurai-archives.com

 

9 comentarios sobre “¿Tercios vs. samuráis? Mito y realidad sobre los combates de Cagayán

      1. Ciertamente, creo que ha sido demasiado grande el bombo que se le ha dado al tema pues los tercios han tenido batallas más dignas que enfrentarse contra mil piratas. Bajo mi parecer aprecio un arrebato panegírico de un amante de lo japones más que un critico de historia real.
        Citando su texto: “(…) Por tanto, no eran exactamente el mejor exponente de lo que los mejores soldados japoneses de la época sabían hacer (…)”. Considero que no es menester despreciar la valía y destreza de esos wako, ya que hablamos de guerreros que si sabían luchar -a eso se dedicaban-, ya que no saqueaban Filipinas con caricias y buenas palabras. Como es bien sabido, los piratas sea donde fuera su nacionalidad han sido gente dura y capaces de tomar ciudades, -pues las costas mediterráneas aun están forradas de defensas que hacían frente a los ataques piratas/corsarios berberiscos- pues el hecho que perdieran su estatus de samuráis y se convirtieran en Ronin no quita que fueran tan buenos como los samurais que les vencieron. Esto se puede ejemplificar de la siguiente manera: alguien que queda segundo o tercero en una competición de las olimpiadas si puede ser un referente del nivel que se desarrolla. Pues como bien dice, en una batalla influyen diversos factores decisivos, entre ellos: el armamento , las condiciones meteorológicas, logística, estrategia y una larga lista que sigue.
        El segundo punto en el que estoy en desacuerdo es en el que “desjaponiza” a esos piratas. Ciertamente no se luchó contra un ejército japones propiamente dicho, es decir, no hubo guerra entre Japón y España (hay que tenerlo muy claro). Como bien sabemos, estos piratas eran en su mayoría de origen Nippon por lo tanto no creo que la sociedad de la época se refirieran a ellos como piratas japoneses/wako y que fueran en su mayoría de nacionalidad filipina, china u otra… . En resumen: si todo el mundo les llamaba así sin duda alguna sería su origen japonés, es como si dijéramos que los piratas berberiscos no eran otomanos por el simplemente hecho que pudieran incluir a determinadas personas de otra nacionalidad.
        Percibo en su escrito un gran sentimiento por Japón y ello le ha llevado a pecar de “chovinismo” a pesar que no sea su nación. Japón pese a quien le pese, estuvo dos siglos destruyéndose a si misma y escasos fueron sus éxitos tras sus fronteras. Sabemos que sus mejoras tanto armamentísticas como navales fueron influenciadas por españoles y holandeses. Y valorando las condiciones de expansión territorial -solo del reino de España- cabe deliberar que no estaban a la altura de los tercios…
        En definitiva, si hay un guerrero que está especialmente edulcorado en la historia es sin duda el samurái.

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  1. Para los que suspiran por no haber nacido en Japón. Ya sabemos que los samurais eran los mejores guerreros, sus katanas cortaban el granito como mantequilla y su código de honor les inmunizaba ante balazos, cuchilladas y venenos. Algunos hasta podian levitar y teletrasportarse ….
    La cruda realidad es que en los enfrentamientos que han tenido mas allá de sus fronteras les han terminado siempre “dando pal pelo” (chinos, coreanos, rusos y americanos)
    Los samurais, al igual que los caballeros, se movian en un amplio espectro: desde el patán, que solo pensaba en comer y matar, al seguidor ultra del bushido que, también pensaba en comer y matar pero mas refinadamente.
    Por otro lado, a los que sueñan con el imperio español recordarles Rocroy y todo lo que vino por detrás.
    No se que es más triste: si haber tenido un imperio y perderle o haber intentado tenerlo y no conseguirlo nunca

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    1. ¡Gracias por el comentario! Precisamente, de lo que se trata es de dejar claro que guerreros invencibles no han existido nunca, en ningún lugar del mundo. A todos les han acabado dando lo suyo en un momento u otro de la Historia.

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  2. El relato aqui contado la verdad que esta muy logrado, se ve una gran tendencia a defender lo nipon, en concreto lo samurai.
    El que fueran japoneses tipo ronin o una chusma armada compuesta por chinos , coreanos, siameses……, no deja de ser un gran volumen de armas piratas contra 40 soldados regulares que no tercios, pues los tercios solo estuvieron en los campos de batalla europeos, apoyados por un centenar de indios tagalos creo que tiene su merito.
    El ensalzar este merito creo que es normal en cualquier cultura, si tenemos que poner las cosas en su sitio los samurais fuera de su casa y de Corea, que han realizado…. ???
    Los samurais con sus legendarias armas y tacticas que conquistaron? nada, eso si decapitar cristianos portugueses y españoles en Nagasaki se les daba de lujo.
    Mucha literatura oriental les han dado mucho aire de mitologico y mucha leyenda.

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    1. ¡Gracias por el comentario! Te digo lo mismo que al comentarista de más arriba: de lo que se trata es de desmitificar un poco las cosas y tratar de contarlas de manera lo más parecida posible a cómo sucedieron. Los héroes invencibles y los caballeros de reluciente armadura solo existen en las novelas; en el mundo real todo funciona de manera bastante diferente. En Japón, en España, y en cualquier otro lugar del mundo.

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      1. Tenemos el mejor pais del mundo pero como siempre nos quitamos merito a todo siempre estamos igual y me parece muy lamentable por que es cierto que no todo a sido bueno pero por lo que mas querais lo que hicieron en el mundo no es comparable, ahora que estamos aqui en este tiempo gracias a esa gente tenemos esto y sentado en nuestra casa se escribe muy bien ya me gustaria ver lo que duraba mas de uno en esos casos.

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  3. todo es mentira, fueron cuarenta soldados del tercio español contra chinos, japoneses y samurais, si no lo creeis mirac los malditos documentos del conflicto que estan guardados en la universidad de las indias, pero si aun asi no creeis los informer ENTONCES NO SOIS HISTORIADORES SINO SOLO QUEREIS PENSAR QUE LOS SAMURAIS SON LOS MEJORES, PORFABOR SERIEDAD ESPAÑA NO CONQUISTO MEDIO MUNDO POR TENER MALOS SOLDADOS Y ADEMAS LOS TERCIOS ERAN LOS MEJORES MALDITOS OTAKUS

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