Don Justo Takayama, ¿un santo samurái?

¿Habemus santo samurái? Recientemente ha saltado la noticia y el rumor está rebotando por los medios de medio mundo. Las informaciones  sobre la posible beatificación de un famoso samurái cristiano del s. XVI se suceden a velocidad de vértigo. El asunto está levantando cierta polvareda por la red y, la verdad, no es para menos. No todos los días se eleva los altares a todo un caudillo samurái, de los de katana en ristre y kabuto ceñido. Un titular potente como pocos, de esos que atraen clics como moscas a la miel. El personaje al que el Vaticano planea santificar es Takayama Ukon, también conocido por el nombre de Don Justo, que adoptó al bautizarse. Al parecer las gestiones están bastante avanzadas, y la canonización se da ya por segura. En fin, si la Iglesia ha hecho santos a señores como el rey vikingo Canuto IV o el emperador romano Constantino, por qué no iban a admitir en su selecto club a un guerrero samurái.

Además, Don Justo Takayama siempre ha tenido buena prensa en Japón. Los historiadores clásicos nos lo presentan como un perfecto caballero, elegante y honorable. Desde el lado católico, siempre ha tenido también una legión de hagiógrafos que lo pintan como un santo varón. Pero, ahora que ha saltado la liebre de su posible beatificación, se están diciendo cosas que no son del todo ciertas. Por ejemplo, no olvidemos que, aun en caso de ser canonizado, Takayama Ukon no sería el primer santo samurái de la historia. Sin ir más lejos, Pablo Miki, uno de los 26 mártires de Nagasaki, era de familia samurái. Cierto es que apenas “ejerció” como tal, ya que desde jovencito se consagró a eso del ora et labora con los hermanos jesuitas en el seminario. Pero, técnicamente, tan samurái era el uno como el otro. Llegados a este punto, se hace necesario un repaso a los hechos históricos para separar el grano de la paja. Veamos hasta qué punto Don Justo vivió su vida en olor de santidad. Luego, que juzgue el lector si hizo o no méritos suficientes para ser elevado a los altares.

Empecemos por el principio. Estamos en pleno siglo XVI, con el país del Sol Naciente sumido en uno de los momentos más turbulentos de su historia. Son los años más crudos de la era Sengoku, una época de caos y luchas intestinas. En Japón no hay ni Dios ni amo y una miríada de señores de la guerra se van a pasar casi cien años porfiando por el poder, hasta que las campañas militares de Nobunaga, Hideyoshi y, finalmente, Ieyasu logren devolver la estabilidad al país. Don Justo, nuestro insigne caballero cristiano, hombre de armas a fin de cuentas, iba a jugar un papel de cierta importancia en estas guerras de unificación.

El siglo cristiano en Japón

También en este momento empezaron a dejarse ver por las costas japonesas unos curiosos visitantes: los bárbaros europeos. Gentes de extraños ropajes, escasa higiene corporal, prominentes narices y, lo que era más interesante, provistos del armamento más sofisticado que se había visto nunca por aquellos pagos. Desde la década de 1550, los mercaderes portugueses y sus naves negras se convirtieron en un elemento más del paisaje en las ciudades portuarias de Japón. En principio su único interés era comerciar pero, como era habitual en la era de los descubrimientos, con los primeros galeones no tardaron en llegar los misioneros, crucifijo en ristre. Un país tan densamente poblado como Japón, rebosante de almas listas para recolectar a mayor gloria del Señor, era un destino de lo más apetitoso para el apostolado católico.

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Los portugueses y sus naves negras empezaron a frecuentar las costas de Japón a mediados del siglo XVI, trayendo consigo mercancías exóticas, armas de fuego… y misioneros.

Ya en 1549 Francisco Javier, vanguardia de la Compañía de Jesús en Asia, vio el potencial que allí había. A ojos europeos Japón era un país civilizado, muy distinto de los demás territorios descubiertos en las Indias y la Mar del Sur. Los jesuitas supieron adaptarse al entorno de modo que su mensaje calara entre los japoneses: aprendieron el lenguaje y las normas de cortesía del país, adoptaron sus maneras de vestir, e incluso trataron de hacerse a la frugal dieta nipona. El esfuerzo de adaptación tuvo su recompensa y la semilla cristiana arraigó con bastante fuerza. En apenas unas décadas, el número de conversos  había aumentado a ojos vista.

La evangelización de Japón y todo lo que trajo consigo es un tema fascinante que da para escribir libros enteros. Para no alargarnos demasiado, resumiremos diciendo que, en un principio, los jesuitas centraron sus esfuerzos en convertir a la clase gobernante, con la idea de que luego estos extendieran la palabra de Dios entre el pueblo llano. El silogismo era sencillo: si el señor se convertía, lógicamente sus vasallos irían detrás. Quisieran o no. Luego en la práctica las cosas no eran tan sencillas, pero poco a poco los laboriosos jesuitas lograron apuntarse tantos importantes. Grandes daimyo como Otomo Sorin, Gamo Ujisato o Arima Harunobu se convirtieron al cristianismo. Takayama Ukon y su padre fueron un ejemplo más de estos conversos VIP.

Caballeros cristianos en tiempo de guerra

Takayama Shigetomo (lo de Ukon es una especie de sobrenombre) nació en 1552. Hijo de Takayama Tomoteru, a la sazón vasallo de Matsunaga Hisahide y señor del castillo de Sawa en la provincia de Yamato, en los aledaños de Kyoto. Tayakama Ukon se convirtió al cristianismo con apenas 12 años, siguiendo a su padre Tomoteru, que decidió abrazar la fe católica en 1564. No parece que tuviera mucha opción: en aquellos tiempos, si el cabeza de familia decidía una cosa, sus vástagos no tenían otro remedio que obedecer sin rechistar.

Tampoco sabemos a ciencia cierta la razón por la que Tomoteru, un anticristiano convencido, decidió cambiar de bando. Hay quien dice que se cayó del caballo (figuradamente hablando, no como Pablo de Tarso) tras un debate teológico, en el que los doctos jesuitas lo dejaron sin argumentos. Como era costumbre, adoptaron nombres cristianos al bautizarse. Así, Takayama Ukon pasó a llamarse Justo, como sería conocido para la posteridad. Su padre, por su parte, se bautizó como Darío. La ensalada de nombres invita al dolor de cabeza, pero lo habitual entre los samuráis de la época era cambiar de nombre o sacarse apodos de la manga cada dos por tres. Que esta vez la onomástica sea cristiana y no budista le añade a la cosa un punto de exotismo.

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Retrato hagiográfico de Justo Takayama, imitando el estilo de las vidrieras de las iglesias

Nada más bautizarse, la familia Takayama iba a meterse de cabeza en el ojo del huracán de la era Sengoku. Su señor, Matsunaga Hisahide, se levantó en armas y asesinó al shogun reinante, Ashikaga Yoshiteru, en 1565. El magnicidio trajo una nueva ola de violencia sobre la capital y, como era de esperar, la cosa acabó como el rosario de la aurora. La guerra no tardó en estallar y, en el transcurso de la misma, los Takayama acabaron perdiendo su castillo de Sawa a manos del enemigo. Tuvieron que huir de sus tierras y buscar refugio en otro lado. Lo encontraron bajo la égida de la estrella del momento, Oda Nobunaga, que los acogió entre sus filas merced a los buenos oficios de Wada Koremasa. Así, bajo el paraguas del clan Wada, desde 1568 Don Justo y su padre se movieron dentro de la órbita de Nobunaga y participaron activamente en sus campanas de conquista.

Cuando Wada Koremasa entró en conflicto con otro daimyo, Araki Murashige, Don Darío y su hijo fueron a la guerra siguiendo a su señor y protector. Así era el día a día en el Japón de la era Sengoku, con batallas y degollinas prácticamente cada semana. Por desgracia, el asunto se saldó con la muerte de Koremasa, a quien sucedió su hijo Korenaga como jefe del clan. Pero, mire usted por dónde, al joven Korenaga no le acababan de gustar sus vasallos católicos, los Takayama. Había rumores de que planeaba quitarse de en medio por la vía rápida a Don Darío y a su hijo Don Justo.

Los Takayama decidieron no correr riesgos y actuar primero. Para qué esperar a tener que poner la otra mejilla. En 1573 invitaron a su señor Korenaga a visitar su casa para dialogar y, en cuanto este se presentó con su séquito en la mansión de los Takayama, aparecieron quince samuráis katana en ristre y los mandaron a todos a criar malvas antes de que pudieran decir amén. El joven don Justo fue una de las espadas ejecutoras. Acto seguido, los Takayama acabaron con los restos del clan Wada (que, recordemos, eran sus legítimos señores) y se instalaron como dueños del castillo de Takatsuki. Todo ello con el apoyo militar de Araki Murashige, el mismo tipo que poco antes se había cargado a su antiguo benefactor, Wada Koremasa. Fueras cristiano o budista, este tipo de componendas también eran el pan de cada día en la era Sengoku.

Traición en la casa Oda

En esencia los clanes samurái funcionaban de manera parecida a una familia mafiosa: las reyertas internas y los ajustes de cuentas eran cosa frecuente. Nobunaga, como era costumbre entre los daimyo de la época, hizo la vista gorda ante lo que ocurría en su patio trasero. Cuando las aguas se hubieron calmado, Araki Murashige y la familia Takayama habían aumentado sus dominios y cuota de poder dentro del organigrama de los Oda. Entre dos peces chicos se habían comido a uno grande. Cosas que pasan. Pero todos seguían dentro del redil, que era lo que importaba.

Pero a partir de ahí Murashige no jugó bien sus cartas. Por razones que, 400 años después, no terminan de estar claras, en 1578 se rebeló contra Nobunaga. La revuelta no podía llegar en peor momento, con Nobunaga empantanado en su campaña de asedio contra los monjes guerreros de Ishiyama Honganji, en Osaka. El castillo de Takatsuki, gobernado por los Takayama padre e hijo, era un punto estratégico clave para el triunfo de la causa de Murashige. Don Justo y Don Darío eran vasallos suyos y, en principio, se alinearon junto a su levantisco señor. Era lo que cabía esperar. Pero, cuando las tropas de Nobunaga rodearon el castillo, las cosas tomaron un cariz inesperado.

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Estatua de Justo Takayama, caracterizado como el perfecto caballero cristiano

En vez de rendir la plaza por la fuerza, Nobunaga prefirió jugar la carta de la diplomacia. Envió como mensajero a un jesuita, el padre Organtino, para convencer a los dos samuráis católicos de que capitularan. Nobunaga le hizo a Organtino una de esas ofertas que no se pueden rechazar: si lograba que los Takayama se avinieran a razones, como buenos cristianos, redundaría en grandes beneficios para la Iglesia. En cambio, si fallaba en su misión… tal vez tendría que pensar en seguir el ejemplo de otros daimyo y ponerse a perseguir cristianos a partir de entonces. Al oír aquello, Don Justo no se lo pensó dos veces. En contra de las órdenes de su padre, abandonó el castillo esa misma la noche y se pasó a las filas de Nobunaga. Su deserción no solo le sirvió a los Oda en bandeja el castillo de Takatsuki, vital para la campaña, sino que selló el destino de la rebelión. Sin el apoyo de Takatsuki, Araki Murashige no pudo resistir la presión de los ejércitos enemigos y acabó sucumbiendo. Igual que había hecho con los Wada tiempo atrás, el bueno de Takayama acababa de mandar otra vez  a la picota a su legítimo señor. Aunque siempre puede argumentarse que, en realidad, era a Nobunaga a quien debía fidelidad en última instancia. Son maneras de verlo.

Nobunaga recompensó al tránsfuga Don Justo generosamente, y este supo sacar buena tajada de las dádivas que, cual maná bíblico, le cayeron del cielo. Una vez afianzado en el poder, se dedicó a convertir al cristianismo a los súbditos que poblaban sus dominios. Y, si los súbditos en cuestión no se mostraban muy receptivos a la palabra de Dios, se los convertía por la fuerza y santas pascuas. Tampoco dudó en pegarle fuego a cuanto templo budista y santuario sintoísta había en su feudo. Los pocos que dejó en pie los transformó en iglesias. Hay que decir que este exceso de celo no era muy del agrado de los jesuitas. Las conversiones forzosas de Don Justo echaban por tierra la imagen de religión pacífica y tolerante que los santos padres querían vender.

Hideyoshi, un nuevo señor al que servir

En 1582, cuando Nobunaga muere en Honnoji, Don Justo demuestra que también sabe lo que es ser un vasallo fiel. Desoyendo los cantos de sirena de Akechi Mitsuhide, se une a las tropas de Hideyoshi y pelea en vanguardia del ejército que derrota a los traidores en la batalla de Yamazaki. Menos gloriosa fue su participación en Shizugatake al año siguiente, donde su incapacidad de mantener la posición ante las tropas de Sakuma Morimasa casi le cuesta la batalla a Hideyoshi. Y, con ella, el control de Japón. Hay quien le acusa de cobardía por su cuestionable retirada, otros hablan directamente de deserción. Nunca sabremos lo que le pasó por la cabeza pero, en cualquier caso, Hideyoshi decidió pasar por alto aquel desliz.

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Su victoria en la batalla de Shizugatake dio a Hideyoshi la llave para conquistar el resto de Japón, continuando la obra inconclusa de su señor Nobunaga

Hay que decir que Justo Takayama y Hideyoshi nunca se llevaron del todo bien. Durante los funerales por el fallecido Nobunaga, el samurái beato se negó a participar en los ritos funerarios budistas, gesto poco elegante que no le sentó nada bien a Hideyoshi. Pero tampoco pensemos que era un tipo completamente occidentalizado. Cristiano o no, Don Justo era japonés de pies a cabeza. Por ejemplo, era un reputado maestro en el arte de la ceremonia del té, pasatiempo de moda entre la gente poderosa de la época. En general, puede decirse que sus compatriotas lo tenían por un caballero de buen gusto y finos modales. Con motivos o sin ellos, siempre tuvo muy buena prensa.

Los tiras y aflojas entre ambos no impidieron que Don Justo sirviera con eficiencia al futuro Taiko en sus guerras por el control de Japón. El paladín de la cristiandad volvió a combatir bajo las órdenes de Hideyoshi en la invasión de Shikoku, en la conquista de Kyushu y en las campañas contra los monjes guerreros de la provincia de Yamato. Como vemos, el piadoso Don Justo se pasó la vida de batalla en batalla, escabechando enemigos a diestro y siniestro. En pago a sus esfuerzos, Hideyoshi lo recompensó con el señorío sobre la provincia de Harima, un feudo de 60.000 koku de renta que lo convertía en un daimyo relativamente poderoso.

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La devoción de Don Justo por la palabra del Dios cristiano estaba fuera de toda duda

En sus nuevos dominios retomó la tarea de convertir a sus súbditos por lo civil o por lo militar, como había hecho hasta entonces. Pero no nos creamos que limitaba su labor evangelizadora al campesinado. También se las apañó para atraer al redil del buen pastor a personajes poderosos como Kuroda Nagamasa, estratega personal y mano derecha de Hideyoshi en asuntos militares. Ya hemos hablado de él y de su buen gusto en materia de espadas por estos lares.

Poco a poco la unificación del país se iba completando y, ahora que el imperio estaba al fin en paz, Hideyoshi no pensaba tolerar nada que pudiera hacer peligrar esa unidad que tanto había costado alcanzar. Ya que las amenazas internas parecían estar bajo control, era momento de ocuparse de las externas. Y la religión cristiana era la primera en la lista.

El agresivo proselitismo de los misioneros católicos era percibido como un elemento potencialmente subversivo. Hideyoshi y sus gerifaltes temían además que los conversos japoneses actuasen como una quinta columna que allanara el camino a posibles intentos de invasión extranjera desde Filipinas o Macao. El cristianismo era un peligro, y había que ponerlo bajo control. O, al menos, eso pensaban los que mandaban.

Se abre la veda contra los conversos

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Durante los siglos XVI y XVII, los sacerdotes cristianos se convirtieron en parte habitual del paisaje de las ciudades japonesas

Japón pronto iba a conocer un nuevo tipo de violencia: la persecución religiosa. Si hasta entonces había reinado cierta tolerancia y, salvo excepciones, los europeos habían podido desarrollar su labor evangelizadora sin grandes trabas, todo va a cambiar en 1587.

Ese mismo año Hideyoshi, virtual amo y señor del país, publica una serie de edictos prohibiendo la actividad misional y la práctica del cristianismo. Todo el que profese la religión católica está obligado a abjurar de ella. Durante unos meses se suceden las detenciones y no faltan las sesiones de tortura para convencer a quienes no se avienen a apostatar. Quien quiera saber más sobre los dimes y diretes de Hideyoshi para con el cristianismo, puede echarle un vistazo al estupendo repaso que le dan a la cuestión en historiajaponesa.com.

Con el pasar de los meses la cosa se acabará diluyendo y, aunque en teoría los edictos seguirían en vigor, no se va poner demasiado celo en su ejecución. Si bien estaban en una especie de limbo legal, en la práctica los cristianos japoneses estuvieron libres de persecución en los lustros siguientes. Todo había quedado en un susto, pero un susto que le había costado la vida a unos cuantos.

Al llegar al poder unas décadas después, los Tokugawa van a compartir estos recelos por el catolicismo. Su postura ante la religión de los bárbaros extranjeros fue más bien ambigua hasta que, en 1614, decidieron que lo mejor era curarse en salud y quitárselos de en medio. Y esta vez no iba a ser como en tiempos de Hideyoshi. Los Tokugawa iban a ir hasta el final, hasta erradicar por completo el cristianismo de la faz de Japón. Decimos de la faz porque, a la hora de la verdad, siempre quedaron pequeños grupúsculos, ocultos en sus catacumbas particulares, que resistieron a las persecuciones y siguieron practicando su fe en secreto. Son los llamados kakure kirishitan, cristianos ocultos, que a lo largo de los 250 años de shogunato Tokugawa continuaron profesando su fe en la clandestinidad, lejos de las miradas del mundo. Pero esa es una historia para otro día.

El Via Crucis particular de Don Justo

A Don Justo estas persecuciones lo pillaron de lleno. Una vez más estuvo en el mismo ojo del huracán pero, como de costumbre, supo capear el temporal. Aunque, en cierto modo, puede decirse que el detonante para que Hideyoshi decidiera echarse al monte y empezar a perseguir cristianos fue, precisamente, la actitud de Justo Takayama.

Preocupado por las maneras prepotentes del Viceprovincial jesuita Gaspar Coelho, Hideyoshi empezó a tener la mosca detrás de la oreja con el asunto de los cristianos. No se fiaba de los frailes ni de sus acólitos japoneses. No le parecían trigo limpio. Así, para confirmar si sus sospechas eran ciertas, quiso comprobar hasta dónde llegaba el celo religioso de los samuráis de Cristo. Iba a obligarlos a poner las cartas sobre la mesa de una vez por todas.

Según cuenta el maestro Antonio Cabezas (poco amigo de Hideyoshi, también hay que decirlo), todo ocurrió una noche de borrachera de 1587 en la que al hombre más poderoso de Japón, ebrio de vino y de poder, le dio por mandar un mensaje muy comprometido a uno de sus vasallos. La misiva iba dirigida, precisamente, a Don Justo Takayama. Para probar su fidelidad hacia él, en ella le exigía renunciar a su fe, so pena de ver sus tierras confiscadas y enfrentarse a un exilio inmediato. La respuesta no se hizo esperar:

“Don Justo contestó que a su caudillo y señor le debía la hacienda y la vida, pero la fe era patrimonio del alma, y el alma solo era de Dios.”

Evidentemente, no era la respuesta que Hideyoshi estaba esperando. Puestos a elegir entre la lealtad a su señor o a su Dios, el gran paladín de la cristiandad japonesa no lo había dudado un segundo. Los recelos de Hideyoshi se habían confirmado punto por punto. Sin esperar siquiera a que la campaña de Kyushu terminara, cesó fulminantemente a Takayama de todos sus cargos, confiscó su feudo y lo dejó, vulgarmente hablando, con una mano delante y otra detrás. El siguiente paso fue abrir la veda contra los demás cristianos. Vinieron tiempos oscuros, de persecuciones y martirios.

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Justo Takayama ha quedado para la posteridad como un fervoroso cristiano

La integridad espiritual de Don Justo había tenido un precio muy alto. Por de pronto, no le quedó otro remedio que buscar asilo bajo la protección de otro daimyo cristiano, Konishi Yukinaga. La hospitalidad de Yukinaga fue algo meramente temporal. Don Justo no tardó en buscarse un paraguas más sólido para resguardarse de las iras de Hideyoshi. En 1588 entró a servir al clan Maeda, los poderosos señores de Kaga, en el Norte de Japón. Allí pudo vivir sus días en relativa paz, hasta que, en 1614, Tokugawa Ieyasu le dio la puntilla definitiva al cristianismo en las islas del Sol Naciente. Los nuevos edictos eran taxativos: ordenaban la expulsión inmediata de los misioneros católicos y de todos aquellos que se negasen a abjurar del cristianismo.

Los Maeda temieron que Don Justo se lo tomara a la tremenda y, lejos de acceder a marcharse de sus tierras por las buenas, le diera por levantarse en armas. Apostatar, desde luego, estaba fuera de la cuestión. Pero, a sus 62 años, el viejo samurái ya no estaba para batallas. Acató la orden de expulsión tranquilamente y marchó al exilio a Manila con su familia. Allí fue recibido con gran pompa y boato por los jesuitas, pero no pudo disfrutar demasiado de los aires filipinos. Murió de enfermedad apenas 40 días después de su llegada. Era el mes de febrero de 1615.

Un cristiano convencido

En lo tocante a la religión, hay que admitir que Don Justo fue un tipo coherente con sus principios. No cabe duda de que era un católico convencido y comprometido con su fe. Otros renegaron del Dios de los bárbaros extranjeros en cuanto empezaron a soplar vientos de tormenta. Sin ir más lejos, su padre Darío acabó abjurando del cristianismo antes de retirarse de la vida pública. Él no. Prefirió irse al exilio antes de renunciar a su Dios.

francisco javier
La labor evangelizadora de Francisco Javier a mediados del siglo XVI dejó una huella profunda en Japón

Esa fidelidad a prueba de bomba para con la Iglesia ha hecho que los historiadores del ámbito católico, sobre todo hispanos, lleven siglos poniendo a Justo Takayama por las nubes. Solo les falta canonizarlo, aunque ya vemos que están en ello. Los japoneses, en cambio, sopesan también su amplio historial de conspiraciones y asesinatos y, claro, tienen sus dudas. ¿Dónde esta la verdad? Probablemente, ni tanto ni tan calvo. Don Justo solo fue un hombre de su tiempo. Y, en su tiempo, un samurái de su posición mataba y traicionaba sin pensárselo dos veces, según dictaran las circunstancias. Eso hizo el bueno de Don Justo toda su carrera, ni más ni menos.

Llamar “martirio” a su exilio en Manila también suena un poco exagerado. A Don Justo se le permitió salir tranquilamente del país, cuando muchos otros correligionarios acabaron clavados en una cruz. Por cierto, las torturas a las que sometían en Japón a los cristianos eran terribles; no pocos misioneros hechos y derechos, venidos de los mejores seminarios europeos, terminaron apostatando a causa del tormento. Hasta hubo casos de señores obispos que acabaron pisando crucifijos y abrazando la fe budista con tal de escapar al suplicio de los verdugos del shogun. A Justo Takayama, en cambio, nadie osó ponerle la mano encima. Como correspondía a un señor samurái de su rango, fue tratado con deferencia y respeto. Le dieron a elegir entre su Dios y su país, y eligió lo primero. Cierto es que renunció a sus riquezas y su estatus, pero si eso basta para convertirlo en mártir o no, sería cuestión a debatir. En todo caso, doctores tiene la Iglesia; ellos sabrán a quién admiten o dejan de admitir entre sus filas.

Quien escribe estas líneas está escasamente cualificado para opinar en asuntos de fe. A fin de cuentas, en esta casa somos unos hatajo de herejes y paganos de mucho cuidado. Pero, entre los miles de mártires que ha dado la persecución cristiana en Japón, se nos ocurren candidatos mas sólidos para ser elevados a los altares. Tal vez menos famosos, pero sin duda más políticamente correctos. Y sin sangre que manche sus manos. Cristiano o no, se hace difícil pensar que un caudillo samurái pueda ser un santo.

Fuentes e imágenes

  • AA.VV. (1991); The Cambridge History of Japan, Vol. 4; Cambridge University Press
  • Boxer, C.R. (1951); The Christian Century in Japan; University of California Press
  • Cabezas, A. (1995); El Siglo Ibérico de Japón; CEA Universidad de Valladolid
  • http://www.samurai-archives.com
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12 comentarios sobre “Don Justo Takayama, ¿un santo samurái?

  1. Lo primero de todo, muchas felicidades por tu blog. Personalmente, creo que hubo un personaje histórico que, aunque no se si sería ”candidato a la santidad”, sin duda fue una figura claramente rodeada de características típicamente ”mesiánicas” y bastante enigmática en algunos aspectos debido a su corta vida. A diferencia de Justo Takayama, si que tuvo una muerte más acorde a lo que sería un martir. En conclusión, me refiero a Amakusa Shiro y su papel protagónico en la Rebelión de Shimabara de 1637-1638 (de su figura ”folklórica y popular” es tema para otro momento…).
    Un saludo :)

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  2. Muchas gracias por el comentario y por tus palabras de ánimo. Buen tema el que propones: Amakusa Shiro, al que llamaban el Hijo de Dios… La verdad es que lo tenemos en la lista de futuros personajes a tratar, porque la revuelta de Shimabara fue un asunto que trajo cola. Lo de mesías salvador fue más bien un sambenito que le colgaron al pobre chaval para convertirlo en una especie de versión japonesa de Juana de Arco, pero con milagros o sin ellos su figura no deja de ser fascinante. Hablaremos de él por aquí, ¡permanece en sintonía! ;)

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  3. En 1578, con 26 años, siendo señor del castillo Takasuki, el joven samurai cristiano dio ejemplo de su temple al encontrarse en una complicada encrucijada. Su hermana era rehén del señor Murashige, que había disgustado al poderoso Nobunaga. Murashige era invitado de Ukon Takayama, pero un ejército de Nobunaga acudió al castillo pidiendo que le entregasen a Murashige. Hiciese lo que hiciese, mucha gente podía morir.

    El joven samurai se afeitó la cabeza, se vistió de monje budista –rituales para expresar humildad y rechazo a la violencia- y se entregó como rehén a Nobunaga. Así evitó el derramamiento de sangre. A éste le impresionó la salida del joven y le premió con su confianza y con títulos.

    Tres años después, Nobunaga era asesinado, y los Takayama apoyaron a su general y heredero, Hideyoshi, con gran valor en combate. Éste premió a Ukon con el feudo de Akashi, donde en poco tiempo 2.000 personas se convirtieron al cristianismo, la fe de su nuevo daimio.

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  4. Según el arzobispo de Osaka, Leo Jun Ikenaga, en 2012 escribió a Benedicto XVI presentando esta causa de canonización y asegura que en el Vaticano le prometieron una “consideración especial”.

    Para el postulador de la causa, el padre Kawamura, este daimio puede ser un modelo para los políticos actuales, porque vivió en un entorno hostil, de políticas siempre cambiantes, pero “nunca se dejó extraviar por los que le rodeaban y vivió una vida según su conciencia, de forma persistente, una vida adecuada para un santo, que sigue dando ejemplo a muchos hoy”.

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    1. ¡Gracias por tu aportación! Desde luego, cada uno es muy libre de creer lo que quiera, y la fe de cada uno es un asunto puramente privado y totalmente respetable. Lo que pretendíamos decir en el artículo es que conviene contrastar la imagen popular que se tiene de cualquier personaje con los hechos históricos puros y duros, porque en la mayoría de los casos la imagen que ha llegado a nuestros días tiende a estar bastante idealizada. Siempre es bueno mantener la perspectiva, y Justo Takayama no es una excepción a esta regla.

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      1. El periodista y traductor contrastando los hechos históricos. Y puros y duros nada menos. Por supuesto, los que trabajan para la congregación para las causas de los santos (médicos, historiadores, teólogos…) no tienen ni idea y no se pasan años contrastando fuentes y testimonios. Podrias consultar online el libro La fabricación de los santos del periodista Kenneth L. Woodward (no creyente) para informate sobre el trabajo que se hace allí: http://www.opuslibros.org/libros/Fabricacion_santos/indice.htm

        O si no te interesa el tema, al menos respetar el trabajo ajeno.

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  5. Antes de escribir estaría bien que documentaras cada aseveración y te aseguraras de usar las palabras correctas como hacemos los historiadores. A la gente no se la “santifica”, se la canoniza. Y Contantino no es santo para la iglesia católica, aunque sí para la ortodoxa y la luterana. (Solo hacía falta que consultaras la wikipedia). Podrias aducir que las iglesias orientales en comunión con Roma sí lo veneran pero no es más que otra concesión que se les hace como omitir el Filioque en el Credo. Y luego está el tono frivolo con el que escribes, típico de los periodistas.

    Como decian mis profesores, no hay nada peor que un periodista jugando a hacer historia.

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    1. Lamento que no te haya gustado el artículo. Qué le vamos a hacer, no se puede gustar a todo el mundo. De todos modos, gracias por tu aportación. Le pondremos una velita a san Justo (Takayama) para que nos ilumine un poco de ahora en adelante. ;)

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