Con la Iglesia hemos topado: el misionero que quiso caminar sobre las aguas de la bahía de Tokyo

Si en el imperio de Felipe II no se ponía el sol, en tiempos de Felipe III hubo quien aseguraba ser capaz de detener el curso del astro rey en el cielo solo con el poder de su fe. El hombre (supuestamente) capaz  de tal prodigio era fray Juan de Madrid, un misionero franciscano recién llegado a Japón en los albores del s. XVII. Pero su repertorio de capacidades sobrehumanas no terminaba ahí. También decía poder caminar sobre las aguas y mover montañas a voluntad, todo gracias a la fuerza que, según él, Dios le concedía. El objetivo de los milagros de fray Juan no era otro que demostrar al mundo la superioridad del credo católico apostólico romano frente a los cultos paganos que profesaban los nativos del lugar. Pero, entre las almas descarriadas que intentaba atraer al redil del Señor, no había solo nativos japoneses. En realidad, su máximo afán era convertir a un capitán de fortuna inglés, William Adams, y su tripulación, todos ellos protestantes a machamartillo, a quienes las tormentas habían hecho naufragar en aquellas costas.

Las islas del sol naciente eran un territorio familiar para los navegantes ibéricos desde mediados del siglo XVI. No olvidemos que el propósito original de los viajes de Colón fue, precisamente, alcanzar tierras niponas. Los portugueses lo lograron primero, en 1543, si bien los castellanos no tardaron en seguirlos. Pero al llegar se encontraron con un lugar muy distinto al legendario Cipango que Marco Polo había descrito en sus relatos.

El país estaba sumido en uno de los momentos más turbulentos de su historia, un período de caos y guerras civiles constantes que duraba ya casi cien años. La autoridad de shogunes y emperadores era poco más que nominal, y los distintos señores de la guerra porfiaban por hacerse con el poder absoluto. Estaban en lo más crudo de la era Sengoku. El panorama no empezaría a cambiar hasta la segunda mitad del siglo, cuando las victorias militares de Oda Nobunaga pusieron la primera piedra hacia la pacificación del imperio. Tras su muerte en 1582, sus sucesores Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieyasu culminarían la obra de la unificación.

 

Los primeros misioneros llegan a Japón

Si bien el oro del que hablaba Marco Polo brillaba por su ausencia, los comerciantes hispanos supieron aprovechar el caos reinante para hacerse con una posición más o menos cómoda. Se establecieron en ciertos puertos estratégicos (Sakai, Nagasaki) y, poco a poco, fueron engordando su cartera de clientes. A medida que la unificación de Nobunaga avanzaba y la situación política se iba estabilizando, surgieron nuevas posibilidades para el comercio de bienes… y de almas.

francisco javier
Francisco Javier abrió el camino para decenas de misioneros, jesuitas y de otras órdenes, que vinieron después

Como era tónica habitual, con los primeros galeones no tardaron en llegar los misioneros, crucifijo en ristre. Y, en un principio, su labor evangelizadora iba a gozar de cierto éxito en suelo japonés. Ya en 1549 Francisco Javier, vanguardia de la Compañía de Jesús en Asia, vio el potencial que allí había. A ojos europeos, Japón era un país civilizado, muy distinto de los demás territorios descubiertos en las Indias y la Mar del Sur. Los jesuitas supieron adaptarse de modo que su mensaje calara entre los japoneses: adoptaron su manera de vestir, aprendieron el lenguaje y las normas de cortesía del país, e incluso trataron de hacerse a la frugal dieta nipona. No debió de ser fácil cambiar los placeres carnívoros del viejo mundo por arroz hervido y encurtidos de verdura, pero tanto esfuerzo tuvo su recompensa. La semilla cristiana arraigó con fuerza.

Hasta los últimos años del s. XVI, las misiones en Japón fueron coto privado de los jesuitas, portugueses e italianos en su mayoría. Pero, con la unión de las coronas de España y Portugal, el equilibrio colonial iba a cambiar. Décadas antes de que el primer embajador de Nueva España visitara el país de manera oficial, desde Manila empezaron a llegar franciscanos, agustinos y dominicos españoles dispuestos a hacerles la competencia a los hijos de Loyola. Naturalmente, esta intromisión en lo que los jesuitas consideraban su territorio exclusivo no fue lo que se dice bien recibida. El conflicto estaba servido. Pero, por si la gresca entre religiosos portugueses y españoles no fuese suficiente, la cosa se terminaría de complicar cuando unos inesperados visitantes se asomaron por costas japonesas: los protestantes.

 

William Adams, el samurái inglés

A principios del s. XVII el dominio hispano de los mares era indiscutible, pero otras potencias empezaban a desafiar esa autoridad. A las incursiones corsarias de los ingleses en el Atlántico y los avances holandeses en el Índico pronto siguieron otras empresas mas ambiciosas. Si los galeones castellanos volvían de Asia cargados de sedas y especias, los demás reinos de la cristiandad no querían ser menos. Así, en 1598 una expedición holandesa se propuso alcanzar el Pacífico siguiendo la misma ruta de los españoles y, con suerte, llegar a puertos de China y Japón. Una empresa de lo más arriesgada, pues a los peligros de la mar había que sumar el férreo control que la armada de los Austrias ejercía en aquellas aguas.

Año y medio después de zarpar, entre tormentas y otros avatares, las naves holandesas acabaron dispersas o en el fondo del océano. Pero, contra todo pronóstico, una de las ellas, el Liefde, consiguió llegar a su destino. Haciendo aguas por los cuatro costados y habiendo perdido a las tres cuartas partes de su tripulación por el camino, la deriva la arrastró a las costas de Bungo, al norte de la isla de Kyushu. Era el 12 de abril de 1600. Si bien el barco era holandés, el piloto, William Adams, era súbdito inglés. Poco se imaginaba que, en apenas unos años, iba a convertirse en una de las figuras más destacadas de la incipiente comunidad extranjera en Japón.

william adams
Retrato, muy probablemente apócrifo, de William Adams

Adams era un tipo apañado y con recursos, que supo caer en gracia a las autoridades. A fuerza de estar en el momento y lugar oportunos, llegó incluso a ser consejero de los primeros shogunes Tokugawa, que en aquellos tiempos andaban terminando de unificar el imperio. Ieyasu y su hijo Hidetada, fundadores de la dinastía, lo consideraban su amigo personal, y lo hicieron vasallo directo de la casa Tokugawa. Técnicamente, eso lo convierte en el primer (y posiblemente único) samurái de origen extranjero del que se tiene noticia. Entre otras muchas cosas, hacía funciones de intérprete, armador, naviero y, a veces, hasta ministro de exteriores. No está nada mal para un corsario que había llegado a Japón como náufrago en un navío destartalado.

William Adams tiene una historia fascinante que merece la pena ser contada con detalle, cosa que ya haremos en su debido momento. Sus peripecias, licencias narrativas aparte, son la base de la novela Shogun, best seller escrito por James Clavell en 1975 y posteriormente adaptado a cine y televisión. Pero el protagonista de nuestra historia de hoy no es el capitán inglés, sino un franciscano español que se cruzó en su camino cuando su carrera hacia el estrellato aún estaba en los comienzos.

 

El ardor evangelizador de fray Juan de Madrid

Recién llegados a Japón, la mayor preocupación de Adams y sus hombres era establecer una factoría mercantil como las que portugueses y españoles tenían desperdigadas por todo el sudeste asiático. Nunca tuvieron grandes roces con los comerciantes ibéricos que operaban en el país pero, en cambio, su presencia allí irritaba sobremanera a los sacerdotes católicos. Adams y los suyos profesaban, evidentemente, la fe protestante, y aquello suponía una amenaza teológica de primer orden.

kurofune
Los kurofune, las “naves negras” de los navegantes europeos, empezaban a ser un elemento habitual del paisaje japonés entre los siglos XVI y XVII

Además de razones puramente espirituales, también había intereses más mundanos de por medio. Como intermediarios que eran, los santos padres controlaban la práctica totalidad del comercio con Japón. Desde el galeón más colosal hasta el último paquebote del puerto de Nagasaki, no se cargaba pieza de seda ni onza de plata en barco alguno sin que antes pasara por sus manos. Lo último que necesitaban era tener rondando por ahí a aquella especie de quinta columna luterana, amenazando con echar abajo el emporio por el que habían trabajado los últimos 50 años.

Incluso los conversos japoneses empezaban a hacer preguntas incómodas. Si los recién llegados aseguraban ser cristianos, ¿por qué los frailes se empeñaban en afirmar lo contrario? ¿No adoraban acaso al mismo Dios? Adams y los suyos habían obrado el milagro de poner de acuerdo a franciscanos, dominicos y jesuitas; a españoles y portugueses: todos coincidían en que no podían permitir que aquellos herejes camparan a sus anchas. Había que convertirlos por la vía rápida, o echarlos a patadas de las islas.

Lo intentaron por todos los medios, pero los protestantes eran duros de mollera. No se dejaban seducir por sermones ni prédicas. Así las cosas, un tal fray Juan de Madrid, acólito franciscano, optó por un enfoque más original. Si no se los podía persuadir con la razón, habría que apelar a argumentos mayores. Fray Juan se propuso nada menos que a obrar un milagro en vivo y en directo, para convencer a aquel hatajo de apóstatas del poder de la fe verdadera.

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Los japoneses de la época denominaban a los europeos nanban, o sea, “bárbaros de los mares del Sur”

Por desgracia, no tenemos muchos datos sobre este curioso personaje. Era uno de tantos religiosos castellanos que habían acudido como misioneros a las nuevas tierras descubiertas y, una vez llegados a Manila, habían dado el salto a Japón con el firme propósito de propagar la fe y recolectar almas para mayor gloria del Señor. Por su nombre, es de suponer que fuera originario de Madrid, pero poco más sabemos de él. Según se deduce de las fuentes de la época, los hechos ocurrieron en algún momento de 1604 en la localidad costera de Uraga, no lejos de Edo, en lo que hoy es la bahía de Tokyo. Además del propio Adams, la anécdota la recogen también otros cronistas como fray Juan Pobre o el entonces obispo de Japón, Juan de Cerqueira, poco sospechosos de ser amigos de los protestantes.

 

Milagro en la bahía de Edo

Juan de Madrid fue al encuentro del grupo de luteranos y les propuso que eligieran el prodigio que más les gustara. Les dio varias opciones: mover una montaña de sitio, detener el sol en mitad del cielo como en tiempos de Josué, o caminar sobre las aguas de la bahía emulando a san Pedro. Como era de esperar, Adams y los suyos se tomaron la propuesta con bastante guasa. Lo de parar el sol y mover montañas no terminaban de verlo claro. Demasiado aparatoso. En cambio, caminar sobre las aguas sonaba interesante, así que retaron al franciscano a cumplir con lo prometido.

En realidad aquellos lobos de mar eran más bien escépticos. En palabras del mismo Adams, el tiempo de los milagros hacía ya muchos siglos que había pasado. Pero su descreimiento solo sirvió para envalentonar más a fray Juan, que se puso a pregonar el inminente portento por toda Uraga. El boca a boca hizo su efecto y, al final, una marabunta de curiosos se congregó a la orilla de la playa a la hora convenida. Desde luego, el buen fraile no tenía precio como publicista. Ahora había que comprobar lo que valía como milagrero.

uraga bahia tokyo
El puerto de Uraga, que aquí aparece pintado por el gran Hiroshige, era la puerta de entrada a la bahía de Edo, la capital de los shogunes Tokugawa

Al parecer, Juan de Madrid tenía fama de buen nadador, así que era de esperar que intentara algún truco para hacer ver que surcaba las aguas. Efectivamente, el pícaro franciscano se presentó en la orilla equipado de un extraño armazón de madera en forma de cruz que, sujetado con una faja, le llegaba a los pies. Nadie tenía ni idea de cómo funcionaba aquel cacharro pero, bien mirado, tal vez podría bastar para mantener a flote a un hombre durante un tiempo razonable.

Sabiéndose el centro de todas las miradas, Juan de Madrid empezó a introducirse en el agua con mucha ceremonia. El público, herejes incluidos, disfrutaba de lo lindo con el espectáculo. Tras pasarse un rato rezando a voz en cuello, se persignó ostentosamente y procedió a posar un pie sobre la superficie del agua. Pero, para decepción de los presentes, su pierna se hundió hasta el fondo, como un plomo. Igual sucedió al dar el segundo paso, y el tercero. La fe de fray Juan era menos fuerte que las leyes de la física. El armazón de madera tampoco parecía servir de mucho. Peor aún, tiraba del fraile hacia el fondo y, a cada paso que daba, le costaba más y más mantenerse a flote. Siguió avanzando a piñón fijo, pero su cuerpo se negaba a comportarse con ingravidez. Pronto estuvo literalmente con el agua al cuello, y con la siguiente zancada su cabeza desapareció bajo las olas. El milagro no llegaba.

 

El nacimiento de “O Milagreiro”

Apiadándose de él, uno de los holandeses que contemplaban la escena, Melchior van Santvoort, se lanzó al agua en un bote para rescatarlo. Cuando lo sacó a la orilla el pobre fraile estaba medio ahogado y desvanecido. A los protestantes no les quedaron ganas de burlarse de él siquiera. Al día siguiente, cuando Adams fue a visitarlo a su casa, se lo encontró postrado en la cama, humillado y con un resfriado de caballo. Pero, inasequible al desaliento, fray Juan le aseguró que, si hubieran creído en él de buena fe, a buen seguro lo hubiese conseguido. Genio y figura hasta el final.

imperio español
Las posesiones hispano-portuguesas en Asia ocupan un amplio territorio en el s. XVII

Por supuesto, tales argumentos no sirvieron para convencer al marino inglés. Como protestante había llegado a aquellas tierras, y como protestante se quedaría. Juan de Madrid no tuvo más remedio que admitir la derrota. Con el orgullo por los suelos y la nariz goteando, hizo las maletas y partió en busca de pastos más verdes. Pero, allá donde fuese, su fama de charlatán le precedía. Las noticias de su “hazaña” en Uraga se habían extendido por todos las colonias hispanas en Oriente.

Al llegar a Manila se encontró con que todo el mundo le llamaba por el apodo de Milagrero (más concretamente “O Milagreiro”, en portugués). A las altas instancias de la orden franciscana no les hizo maldita la gracia contar con el hazmerreír de media Asia entre sus filas, así que no tardaron en encerrar al Milagrero en el calabozo para que meditase sobre lo poco ortodoxo de sus métodos evangelizadores. La sombra de aquel fiasco en Uraga lo iba a perseguir hasta el último confín del océano Pacífico. A fray Juan le hubiera hecho falta un verdadero milagro para borrar de su expediente aquel ridículo.

Fuentes e imágenes

  • Boxer, C. R.; (1951); The Christian Century in Japan, 1549-1650; University of California Press & Cambridge University Press.
  • Canales, C. y Del Rey, M.; (2015); Naves Negras; Edaf.
  • Cooper, M.; (1965); They Came to Japan, An Anthology of European Reports on Japan 1543-1640; University of California Press
  • Corr, W.; (1995); Adams the Pilot; Routledge.
  • Milton, G.; (2002); Samurai William: the Englishman who opened Japan; Penguin Books.
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2 comentarios sobre “Con la Iglesia hemos topado: el misionero que quiso caminar sobre las aguas de la bahía de Tokyo

  1. JaJaJa, gloriosa forma la tuya de narrar por las letras tan notables y curiosas hazañas que se describen en estas páginas electrónicas. Muy buen escritor eres, disfruto cada lectura que leo en este espacio. Muy interesante lo que ocurrió en el pasado de esa hermosa tierra llamada Japón. Te felicito. Sigue añadiendo estas enriquecedoras historias.

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    1. ¡Fermosas palabras me dedica vuesa merced! Pardiez que me voy a poner colorado con tanto elogio, ja ja ja.
      Me alegro de que te gusten las historias que aquí contamos. Para eso las escribo, para que la gente las disfrute y, de paso, aprenda algo nuevo sobre la tierra del sol naciente. Mientras haya lectores como tú, que sepan apreciarlo, seguiremos escribiendo. Quedan muchas historias por relatar todavía, así que ya sabes, pásate por aquí cuando gustes. ;)

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